Notas de Elena | Miércoles 15 de junio 2016 | Judas vende su alma | Escuela Sabática


Miércoles 15 de junio: Judas vende su alma
Hay dos clases de experiencias: la ostentación externa y la obra interior. Lo divino y lo humano operaban en el carácter de Judas. Satanás modelaba lo humano; Cristo, lo divino. El Señor Jesús anhelaba ver que Judas se pusiera a la altura de los privilegios que le habían sido dados. Pero la parte humana del carácter de Judas se mezcló con sus sentimientos religiosos, y él los consideró como atributos esenciales. Al considerarlo así, dejó abierta la puerta para que entrara Satanás y se posesionara de todo su ser. Si Judas hubiese practicado las lecciones de Cristo, se hubiera entregado a Cristo y consagrado plenamente su corazón a Dios; pero su confundida experiencia lo estaba descarriando.
El caso de Judas me fue presentado como una lección para todos. Judas estuvo con Cristo durante todo el período del ministerio público del Salvador. Tuvo todo lo que Cristo podía darle. Si hubiese usado sus capacidades con ferviente diligencia, podría haber acumulado talentos. Si hubiese procurado ser una bendición en vez de ser un hombre polémico, criticón y egoísta, el Señor lo hubiera usado para promover su reino. Pero Judas era especulador. Pensaba que podía manejar las finanzas de la iglesia y adquirir ganancias mediante su astucia comercial. Su corazón estaba dividido. Amaba la alabanza del mundo. Se resistía a renunciar al mundo por Cristo. Nunca entregó a Cristo sus intereses eternos. Tenía una religión superficial, y por eso especuló con [vender a] su Maestro y lo traicionó con los sacerdotes, pues estaba plenamente convencido de que Cristo no permitiría que se lo apresara (Comentario bíblico adventista, tomo 5, pp. 1076, 1077).
Abrumado Judas por la angustia, arrojó a los pies de quienes lo habían comprado las monedas que ahora despreciaba y, horrorizado, salió y se ahorcó.
Había entre la multitud que le rodeaba muchos que simpatizaban con Jesús, y el silencio que observaba frente a las preguntas que le hacían, maravillaba a los circunstantes. A pesar de las mofas y violencias de las turbas no denotó Jesús en su rostro el más leve ceño ni siquiera una señal de turbación. Se mantuvo digno y circunspecto. Los espectadores lo contemplaban con asombro, comparando su perfecta figura y su firme y digno continente con el aspecto de quienes lo juzgaban. Unos a otros se decían que tenía más aire de rey que ninguno de los príncipes. No le notaban indicio alguno de criminal. Sus ojos eran benignos, claros, indómitos y su frente, amplia y alta. Todos los rasgos de su fisonomía expresaban enérgicamente benevolencia y nobles principios. Su paciencia y resignación eran tan sobrehumanas, que muchos temblaban. Aun Herodes y Pilato se conturbaron grandemente ante su noble y divina apostura…
El aspecto y las palabras de Jesús durante su proceso impresionaron el ánimo de muchos de los que estaban presentes en aquella ocasión. El resultado de la influencia así ejercida se hizo patente después de su resurrección. Entre quienes entonces ingresaron en la iglesia, se contaban muchos cuyo convencimiento databa del proceso de Jesús (Primeros escritos, pp. 172-174).

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