Notas de Elena | Miércoles 13 de julio 2016 | Una voz profética — II | Escuela Sabática


Miércoles 13 de julio: Una voz profética — II
El Señor requiere que se realice un cambio de corazón, que haya buenas obras que broten de un corazón lleno de amor. Todos deben considerar con cuidado y oración los pasajes arriba citados [Isaías 58:1-11]…
Aquí se habla de un pueblo que hace una alta profesión de fe, que tiene costumbre de orar, y que se deleita en los ejercicios religiosos, pero al cual, sin embargo, le falta algo. Se da cuenta de que sus oraciones no reciben contestación; sus esfuerzos celosos y fervientes no son observados en el cielo, y pregunta con anhelo por qué el Señor no le responde. No es que haya negligencia de parte de Dios. La dificultad estriba en el pueblo mismo. Mientras profesa tener piedad, no lleva frutos para gloria de Dios; sus obras no son lo que debieran ser. Descuida sus deberes positivos. A menos que los cumpla. Dios no puede contestar sus oraciones para su gloria (Testimonios para la iglesia, tomo 2, p. 133).
Nuestra misión es la misma que fue anunciada por Cristo al comienzo de su ministerio. “El Espíritu del Señor está sobre mí” —dijo él— “por cuando me a ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18, 19).
Hemos de llevar a cabo la obra que el Maestro ha puesto en nuestras manos. Él dice: “… si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos: y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan”. “Porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra”. “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Isaías 58:10, 11; Deuteronomio 15:11; Mateo 7:12).
Nos veremos tentados a ser codiciosos y avaros, a cultivar un deseo insaciable de tener más. Si cedemos a esta tentación, nos acarreará los mismos peligros que cayeron sobre la antigua Jerusalén. No lograremos conocer a Dios ni representarlo por medio del carácter. Es preciso que nos vigilemos de cerca para que no caigamos por causa de la incredulidad, como los judíos. Hemos de trabajar abnegadamente (Testimonios para la iglesia, tomo 8, p. 146).
Hoy Dios nos da la oportunidad de demostrar si amamos a nuestro prójimo. El que verdaderamente ama a Dios y a sus semejantes es el que revela misericordia hacia los pobres, enfermos, heridos y moribundos. Dios invita a todos los hombres a que emprendan esta obra que se ha descuidado, a fin de tratar de restaurar la imagen moral del Creador en la humanidad (Meditaciones matinales 1952, p. 239).
Jesús miró las inocentes víctimas de los sacrificios, y vio cómo los judíos habían convertido estas grandes convocaciones en escenas de derramamiento de sangre y crueldad. En lugar de sentir humilde arrepentimiento del pecado, habían multiplicado los sacrificios de animales, como si Dios pudiera ser honrado por un servicio que no nacía del corazón. Los sacerdotes y gobernantes habían endurecido sus corazones con el egoísmo y la avaricia. Habían convertido en medios de ganancia los mismos símbolos que señalaban al Cordero de Dios. Así se había destruido en gran medida a los ojos del pueblo la santidad del ritual de los sacrificios. Esto despertó la indignación de Jesús; él sabía que su sangre, que pronto había de ser derramada por los pecados del mundo, no sería más apreciada por los sacerdotes y ancianos que la sangre de los animales que ellos vertían constantemente (El Deseado de todas las gentes, pp. 540, 541).
La religión no ha de limitarse a las formas o ceremonias externas. La religión que proviene de Dios es la única que conducirá a Dios. A fin de servirle debidamente, debemos nacer del Espíritu divino. Esto purificará el corazón y renovará la mente, dándonos una nueva capacidad para conocer y amar a Dios. Nos inspirará una obediencia voluntaria a todos sus requerimientos. Tal es el verdadero culto. Es el fruto de la obra del Espíritu Santo. Por el Espíritu es formulada toda oración sincera, y una oración tal es aceptable para Dios. Siempre que un alma anhela a Dios, se manifiesta la obra del Espíritu, y Dios se revelará a esa alma. Él busca adoradores tales. Espera para recibirlos y hacerlos sus hijos e hijas (El Deseado de todas las gentes, pp. 159, 160).

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