Notas de Elena | Martes 5 de julio 2016 | Límites | Escuela Sabática


Martes 5 de julio: Límites

Cuando Adán y Eva fueron creados recibieron el conocimiento de la ley de Dios; conocieron los derechos que la ley tenía sobre ellos; sus preceptos estaban escritos en sus corazones. Cuando el hombre cayó a causa de su transgresión, la ley no fue cambiada, sino que se estableció un sistema de redención para hacerle volver a la obediencia. Se le dio la promesa de un Salvador, y se establecieron sacrificios que dirigían sus pensamientos hacia el futuro, hacia la muerte de Cristo como supremo sacrificio. Si nunca se hubiera violado la ley de Dios, no habría habido muerte ni se habría necesitado un Salvador, ni tampoco sacrificios.

Adán enseñó a sus descendientes la ley de Dios, y así fue transmitida de padres a hijos durante las siguientes generaciones. No obstante las medidas bondadosamente tomadas para la redención del hombre, pocos la aceptaron y prestaron obediencia. Debido a la transgresión, el mundo se envileció tanto que fue menester limpiarlo de su corrupción mediante el diluvio. La ley fue preservada por Noé y su familia, y Noé enseñó los diez mandamientos a sus descendientes. Cuando los hombres se apartaron nuevamente de Dios, el Señor eligió a Abrahán, de quien declaró: “Oyó Abrahán mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos, y mis leyes” (Génesis 26:5) (Patriarcas y profetas, p. 378).

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Mateo 7:12).

Cristo vino a enseñamos no solamente lo que debemos saber y creer, sino también lo que debemos hacer al relacionamos con Dios y nuestro prójimo. La regla de oro de la justicia requiere que hagamos con los demás lo que quisiéramos que nos hicieran a nosotros: “Han sido adquiridos con la sangre del Salvador; han sido comprados por precio”.

En toda nuestra relación con nuestros prójimos, ya sean creyentes o no, debemos tratarlos como Cristo los trataría en nuestro lugar. Si es para nuestro bien presente y eterno obedecer la ley de Dios, será para su bien presente y eterno que lo hagan también (Cada día con Dios, p. 108).

Toda ambición humana, toda jactancia, ha de echarse por tierra. El yo, el yo pecaminoso, debe ser abatido y no exaltado. Por medio de la piedad en la vida diaria debemos revelar a Cristo a cuantos nos rodean. La corrupta naturaleza humana ha de subyugarse y no exaltarse. Únicamente así seremos puros y limpios. Debemos ser hombres y mujeres humildes y fieles. Nunca debemos sentamos en el tribunal como jueces. Dios manda que sus representantes sean puros y santos, que revelen la hermosura de la santidad. El conducto debe mantenerse despejado para que el Espíritu Santo pueda obrar libremente; de otra manera algunos pasarán por alto la obra que debe ser hecha en el corazón natural para perfeccionar el carácter cristiano; y presentarán sus propias imperfecciones anulando la verdad de Dios, la cual es tan firme como el trono eterno. Y mientras Dios pide que sus atalayas levanten en alto la señal de peligro, a la misma vez presenta ante ellos la vida del Salvador como ejemplo de lo que deber ser y hacer para ser salvos {Testimonios para la iglesia, tomo 8, p. 245).

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