Notas de Elena | Martes 3 de octubre 2017 | Pablo en Roma | Escuela Sabática

Martes 3 de octubre:
PABLO EN ROMA
Con corazón apesadumbrado el apóstol avanzaba para hacer su visita largo tiempo o anhelada a la metrópoli del mundo. ¡Cuán diferentes eran las circunstancias de las que él se había imaginado! ¿Cómo podría él encadenado estigmatizado, proclamar el evangelio? Parecía que sus esperanzas de ganar a muchas almas para la verdad en Roma iban a quedar chasqueadas.
Por fin los viajeros llegan a la plaza de Apio, a 65 kilómetros de Roma. Mientras se abren paso entre las multitudes que llenan la gran carretera, el anciano de cabellos grises, encadenado con un grupo de criminales aparentemente empedernidos, recibe más de una mirada de escarnio y es hecho objeto de más de una broma grosera y burlona.
De repente se oye un grito de júbilo, y un hombre que sale de entre la multitud se arroja al cuello del preso y le abraza con lágrimas de regocijo como un hijo que da la bienvenida a su padre por largo tiempo ausente. Vez tras vez se repite la escena, a medida que con ojos aguzados por la amante expectación, muchos reconocen en el encadenado a aquel que en Corinto, en Filipos, en Éfeso, les había hablado las palabras de vida…
Se disipó la nube de tristeza que había pesado sobre su espíritu. Su vida cristiana había sido una sucesión de pruebas, sufrimientos y chascos, pero en esta hora se sentía abundantemente recompensado. Con paso más firme y corazón gozoso continúo su camino. No se quejaría del pasado, ni tampoco temería el futuro Sabia que cadenas y aflicciones le esperaban, pero también que debía rescatar almas de un cautiverio infinitamente más terrible, y se regocijó en sus sufrimientos por causa de Cristo (Los hechos de los apóstoles, pp. 357, 358).
El Señor considera necesario fortalecer el alma contra la suficiencia y la dependencia propias, con el propósito de que el obrero no mire sus fallas como virtudes y de este modo se arruine por la exaltación propia. A veces, el Señor se abre paso hacia el alma mediante un proceso que es penoso para la humanidad; la obra de la purificación es una gran obra, y siempre demandará del hombre sufrimiento y prueba. Pero él debe pasar por el horno de la prueba hasta que las llamas hayan consumido la escoria, y finalmente pueda reflejar la imagen divina.
Quienes siguen sus propias inclinaciones no son buenos jueces de lo que el Señor está haciendo, y están henchidos de descontento. Ven fracaso donde hay triunfo, y pérdida donde hay ganancia. Como Jacob, están listos a exclamar: “Contra mí son todas estas cosas” (Génesis 42:36), cuando en realidad aquellas cosas por las que se quejan están operando para bien de ellos. “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos”…
Consideremos por un momento la experiencia de Pablo. El apóstol fue encarcelado y encadenado en el momento en que parecía que su labor era más necesaria para fortalecer la sufrida y perseguida iglesia.
Pero este fue el momento en que el Señor obró y las victorias que gano fueron preciosas (Reflejemos a Jesús, p. 350).

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