Notas de Elena | Martes 3 de mayo 2016 | La respuesta de Jesús | Escuela Sabática
Martes 3 de mayo: La respuesta de Jesús
En vez de disculparse por el hecho del cual se quejaban, o explicar el propósito que tuviera al realizarlo, Jesús se encaró con los gobernantes, y el acusado se trocó en acusador. Los reprendió por la dureza de su corazón y su ignorancia de las Escrituras. Declaró que habían rechazado la palabra de Dios, puesto que habían rechazado a Aquel a quien Dios había enviado.
“Escudriñáis las Escrituras, pues pensáis que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”…
Los judíos poseían las Escrituras, y suponían que en el mero conocimiento externo de la palabra tenían vida eterna. Pero Jesús dijo: “No tenéis su palabra morando en vosotros”. Habiendo rechazado a Cristo en su palabra, le rechazaron en persona. “No queréis venir a mí —dijo— para que tengáis vida” (El Deseado de todas las gentes, pp. 182, 183).
Los hombres pueden llegar a ser exactamente lo que eran los fariseos: Muy vigilantes para condenar al mayor de los maestros que este mundo haya visto alguna vez. Cristo dio evidencias inconfundibles de que él era enviado por Dios, y sin embargo los gobernantes judíos se adjudicaron la tarea que el enemigo los indujo a hacer, y acusaron a Aquel que había hecho el sábado, que era el Señor del sábado, de ser uno que quebrantaba el sábado. ¡Oh, la insensatez de los hombres! ¡La debilidad de los hombres!
Existen personas que hoy en día están haciendo las mismas cosas. En sus consejos se aventuran a pronunciar juicio sobre la obra de Dios; pues se han adiestrado para hacer lo que el Señor nunca ha requerido de ellos. Mejor sería que humillaran sus corazones delante de Dios; y trataran de no tocar el arca de Dios con sus manos, para que la ira del Señor no caiga sobre ellos; pues si el Señor alguna vez ha hablado por mi intermedio, testifico que han tomado sobre sí el trabajo de criticar y pronunciar juicio insensato que yo sé que no es correcto. No son sino hombres finitos, y estando ellos mismos entenebrecidos, suponen que los otros hombres están en el error (Testimonios para los ministros, pp. 298, 299).
Dios vio que el sábado era esencial para el hombre, aun en el paraíso. Necesitaba dejar a un lado sus propios intereses y actividades durante un día de cada siete para poder contemplar más de lleno las obras de Dios y meditar en su poder y bondad. Necesitaba el sábado para que le recordase más vivamente la existencia de Dios, y para que despertase su gratitud hacia él, pues todo lo que disfrutaba y poseía procedía de la mano benéfica del Creador.
Dios quiere que el sábado dirija la mente de los hombres hacia la contemplación de las obras que él creó. La naturaleza habla a sus sentidos, declarándoles que hay un Dios viviente, Creador y supremo Soberano del universo. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos. El un día emite palabra al otro día, y la una noche a la otra noche declara sabiduría” (Salmo 19:1, 2). La belleza que cubre la tierra es una demostración del amor de Dios. La podemos contemplar en las colinas eternas, en los corpulentos árboles, en los capullos que se abren y en las delicadas flores. Todas estas cosas nos hablan de Dios. El sábado, señalando siempre hacia el que lo creó todo, manda a los hombres que abran el gran libro de la naturaleza y escudriñen allí la sabiduría, el poder y el amor del Creador (Patriarcas y profetas, p. 29).

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