Notas de Elena | Martes 27 de septiembre 2016 | La restauración (parcial) | Escuela Sabática


Martes 27 de septiembre: La restauración (parcial)
Los libros del cielo, en los cuales están consignados los nombres y los actos de los hombres, determinarán los fallos del juicio. El profeta Daniel dice: “El Juez se sentó, y los libros se abrieron”. San Juan, describiendo la misma escena en el Apocalipsis, agrega: “Y otro libro fue abierto, el cual es de la vida: y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Apocalipsis 20:12).
El libro de la vida contiene los nombres de todos los que entraron alguna vez en el servicio de Dios. Jesús dijo a sus discípulos: “Gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (S. Lucas 10:20). San Pablo habla de sus fieles compañeros de trabajo, “cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3). Daniel, vislumbrando un “tiempo de angustia, cual nunca fue”, declara que el pueblo de Dios será librado, es decir, “todos los que se hallaren escritos en el libro” (Daniel 12:1). Y San Juan dice en el Apocalipsis que solo entrarán en la ciudad de Dios aquellos cuyos nombres “están escritos en el libro de la vida del Cordero” (Apocalipsis 21:27) (El conflicto de los siglos, p. 534).
Mediante la oración y la comunión con Dios Enoc pudo escapar de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia. Estamos viviendo en los peligros de los últimos días, y debemos recibir nuestra fuerza de la misma Fuente. Debemos caminar con Dios. Se nos pide una separación del mundo, porque no podemos quedar libres de su contaminación a menos que sigamos el ejemplo del fiel Enoc…
Los que profesan la religión de Cristo deberían comprender la responsabilidad que pesa sobre ellos. Deberían darse cuenta que esto es una obra individual (En lugares celestiales, p. 70).
Nuestro Señor Jesucristo vino a este mundo como siervo para suplir incansablemente la necesidad del hombre. “El mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias” (S. Mateo 8:17), para atender a todo menester humano. Vino para quitar la carga de enfermedad, miseria y pecado.
Era su misión ofrecer a los hombres completa restauración; vino para darles salud, paz y perfección de carácter.
Variadas eran las circunstancias y necesidades de los que suplicaban su ayuda, y ninguno de los que a él acudían quedaba sin socorro. De él fluía un caudal de poder curativo que sanaba de cuerpo, espíritu y alma a los hombres (El ministerio de curación, p. 11).

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