Notas de Elena | Martes 21 de junio 2016 | Velo rasgado y rocas partidas | Escuela Sabática


Martes 21 de junio: Velo rasgado y rocas partidas
[A Moisés] Se le permitió mirar a través de los tiempos futuros y contemplar el primer advenimiento de nuestro Salvador… Vio cómo en el Monte de los Olivos, Jesús se despedía llorando de la ciudad de su amor. Mientras Moisés veía cómo era finalmente rechazado por aquel pueblo tan altamente bendecido del cielo, aquel en favor del cual él había trabajado, orado y hecho sacrificios, por el cual él había estado dispuesto a que se borrara su nombre del libro de la vida; mientras oía las tristes palabras: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta” (Mateo 23:38), el corazón se le oprimió de angustia, y su simpatía con el pesar del Hijo de Dios hizo caer amargas lágrimas de sus ojos…
El dolor, la indignación y el horror embargaron el corazón de Moisés cuando vio la hipocresía y el odio satánico que la nación judía manifestaba contra su Redentor, el poderoso Ángel que había ido delante de sus mayores. Oyó el grito agonizante de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Le vio cuando yacía en la tumba nueva de José de Arimatea. Las tinieblas de la desesperación parecían envolver el mundo, pero miró otra vez, y le vio salir vencedor de la tumba y ascender a los cielos escoltado por los ángeles que le adoraban, y encabezando una multitud de cautivos. Vio las relucientes puertas abrirse para recibirle, y la hueste celestial dar en canciones de triunfo la bienvenida a su jefe supremo. Y allí se le reveló que él mismo sería uno de los que servirían al Salvador y le abriría las puertas eternas. Mientras miraba la escena, su semblante irradiaba un santo resplandor. ¡Cuán insignificantes le parecían las pruebas y los sacrificios de su vida, cuando los comparaba con los del Hijo de Dios! ¡Cuán ligeros en contraste con el “sobremanera alto y eterno peso de gloria” (2 Corintios 4:17)! Se regocijó porque se le había permitido participar, aunque fuera en pequeño grado, de los sufrimientos de Cristo (Patriarcas y profetas, pp. 506-508).
En silencio la gente contempló el final de esa impresionante escena. De nuevo el sol resplandeció, pero la cruz siguió rodeada de tinieblas.
De repente la oscuridad se apartó de la cruz, y con tonos claros, como de trompeta, que parecían proyectar sus ecos por toda la creación, Jesús exclamó: “¡Consumado es!” “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46). Un halo luminoso circundó la cruz, y el rostro del Salvador brilló con una gloria semejante a la del sol. Entonces inclinó la cabeza sobre el pecho y murió.
Cuando Cristo falleció, había sacerdotes que servían en el templo delante del velo que separaba el lugar santo del santísimo. De repente sintieron que la tierra temblaba bajo sus pies y el velo del templo, una cortina fuerte y de buena calidad, que se renovaba cada año, fue rasgada de alto a bajo por la misma mano exangüe que escribió las palabras condenatorias sobre los muros del palacio de Belsasar.
Jesús no depuso su vida hasta haber cumplido la obra que había venido a hacer; y exclamó con su último suspiro: “¡Consumado es!” Los ángeles se regocijaron cuando escucharon esas palabras, porque el gran plan de redención había sido llevado a cabo triunfalmente. Hubo gozo en el cielo porque los hijos de Adán, de allí en adelante, y gracias a una vida de obediencia, podrían ser llevados finalmente a la presencia de Dios. Satanás fue derrotado y sabía que su reino estaba perdido (La historia de la redención, pp. 234, 235).

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