Notas de Elena | Martes 1 de noviembre 2016 | Un hombre y su Hacedor | Escuela Sabática


Martes 1 de noviembre: Un hombre y su Hacedor

No hemos de condenar a los demás; tal no es nuestra obra, sino que debemos amamos unos a otros, y orar unos por otros. Cuando vemos a uno apartarse de la verdad, podemos llorar por él como Cristo lloró sobre Jerusalén. Veamos lo que dice nuestro Padre celestial en su Palabra acerca de los que yerran: “Hermanos, si alguno fuere tomado en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restaurad al tal con el espíritu de mansedumbre; considerándote a ti mismo, porque tú no seas también tentado”. “Hermanos, si alguno de entre vosotros ha errado de la verdad, y alguno le convirtiera, sepa que el que hubiera hecho convertir al pecador del error de su camino, salvará un alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados” (Gálatas 6:1; Santiago 5:19, 20). ¡Cuán grande es esta obra misionera! ¡Cuánto más parecida al carácter de Cristo que el hecho de que los pobres mortales falibles estén siempre acusando y condenando a aquellos que no alcanzan exactamente sus requisitos! Recordemos que Jesús nos conoce individualmente, y se com-padece de nuestras flaquezas. Conoce las necesidades de cada una de sus criaturas, y la pena oculta e inexpresada de cada corazón. Si se perjudica a uno de los pequeñuelos por los cuales murió, lo ve y pedirá cuenta al ofensor (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 114, 115).
En vez de criticar y censurar, tengan nuestros hermanos y hermanas palabras de estímulo y confianza que decir acerca de las instituciones del Señor. Dios les pide que alienten a los que llevan las cargas más pesadas, porque él mismo trabaja con ellos. Pide a su pueblo que reconozca el poder que obra para sostener sus instituciones. Honrad al Señor esforzándoos por hacer todo lo que podáis para dar a la institución la influencia que debe tener.
Cuando tengáis ocasión de hacerlo, hablad a los obreros; decidles palabras que les inspiren fe y valor. Somos demasiado indiferentes unos para con otros. Nos olvidamos demasiado a menudo que nuestros colaboradores necesitan fuerza y valor. En tiempos de pruebas o dificultades particulares, procurad demostrarles vuestro interés y vuestra simpatía. Cuando tratáis de ayudarles por vuestras oraciones, hacédselo saber. Haced repercutir en toda la línea el mensaje que Dios dirige a sus obreros: “Esfuérzate y sé valiente” (Josué 1:6) (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 173, 174).
En el Salvador se despertaban las simpatías más tiernas por la humanidad caída y doliente. Si usted se encuentra entre sus seguidores, debe cultivar la compasión y la simpatía. La indiferencia por las desgracias humanas debe ceder su lugar a un interés vivo por los sufrimientos de los demás. La viuda, el huérfano, el enfermo y el moribundo, siempre necesitarán ayuda. Esta es una oportunidad para proclamar el evangelio: para poner en alto a Jesús, la esperanza y el consuelo de todos los seres humanos. Cuando el cuerpo sufriente ha recibido alivio, se abre el corazón y el bálsamo celestial se puede derramar en él. Si usted contempla a Jesús y de él obtiene conocimiento y fuerza y gracia, podrá impartir su consuelo a otros, porque el Consolador lo acompañará (Consejos sobre la salud, p. 502)

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