Notas de Elena | Lunes 6 de febrero 2017 | La naturaleza de la santidad | Escuela Sabática


Lunes 6 de febrero: La naturaleza de la santidad
La justicia imputada de Cristo significa santidad, rectitud y pureza. A menos que la justicia de Cristo nos haya sido imputada, nuestro arrepentimiento no podrá ser aceptado. La justicia que mora en nosotros por la fe consiste en amor, paciencia, mansedumbre y las demás virtudes cristianas. Nos tomamos de la justicia de Cristo y ella llega a ser parte de nuestro ser. Todos los que posean esa justicia obrarán las obras de Dios…
Pero la justicia de Cristo jamás cubrirá pecados acariciados. Nadie podrá participar de la cena de las bodas del Cordero sin el vestido de bodas, que es la justicia de Cristo. Sin santidad, nadie verá al Señor. Dios está deseoso de conferir a cada alma su poder divino para que lo combine con el esfuerzo humano. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”.
Cristo es la perfección del carácter divino. Es el modelo que debemos seguir (Testimonios acerca de conducía sexual, adulterio y divorcio, p. 155).
En el Sermón del Monte Cristo dio una definición de la verdadera santificación. El vivió una vida de santidad. El era una lección objetiva de lo que sus seguidores deben ser. Tenemos que ser crucificados con Cristo, sepultados con él, y luego vivificados por su Espíritu. Entonces estaremos llenos de su vida.
Nuestra santificación es el objetivo de Dios en todo su trato con nosotros. Él nos ha escogido desde la eternidad para que fuéramos santos. Cristo se dio a sí mismo por nuestra redención, para que por nuestra fe en su poder para salvar del pecado pudiéramos ser completos en él (,Mensajes selectos, t. 3, p. 230).
Así como Jehová es santo, él exige que los suyos sean santos, puros, inmaculados, pues sin santidad nadie verá al Señor. Los que lo adoran con sinceridad y verdad serán aceptados por él. Si los miembros de iglesia eliminan todo culto al yo y quieren recibir en su corazón el amor a Dios y el amor mutuo que llenaba el corazón de Cristo, nuestro padre celestial manifestará constantemente su poder mediante ellos. Unanse los hijos de Dios con las cuerdas del amor divino. Entonces el mundo reconocerá el poder de Dios que obra milagros, y reconocerá que él es la Fortaleza y el Ayudador de su pueblo que guarda sus mandamientos…
El Señor purifica el corazón en una forma muy similar a la que empleamos para ventilar una habitación. No cerramos las puertas y ventanas e introducimos alguna sustancia purificadora, sino que abrimos las puertas y las ventanas de par en par y dejamos que penetre la atmósfera purificadora del cielo. Dice el Señor: “El que practica la verdad viene a la luz”. Las ventanas del impulso, del sentimiento, deben ser bien abiertas hacia el cielo, y debe expulsarse el polvo del egoísmo y de la mundanalidad. La gracia de Dios debe barrer las cámaras de la mente, la imaginación debe tener temas celestiales para su contemplación, y cada elemento de la naturaleza debe ser purificado y vitalizado por el Espíritu de Dios (Comentarios de Elena G. de White, en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, pp. 951, 952).

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