Notas de Elena | Lunes 31 de julio 2017 | La fe y la ley | Escuela Sabática

Lunes 31 de julio: La fe y la ley
Ningún arrepentimiento que no obre una reforma es genuino. La justicia de Cristo no es un manto para cubrir pecados que no han sido confesados ni abandonados; es un principio de vida que transforma el carácter y rige la conducta. La santidad es integridad para con Dios: es la entrega total del corazón y la vida para que revelen los principios del cielo (El Deseado de todas las gentes, p. 509).
Cristo es el abogado del pecador. Los que aceptan su evangelio lo contemplan a cara descubierta; ven la relación de su misión con la ley, y reconocen la sabiduría de Dios y su gloria como reveladas por el Salvador. La gloria de Cristo se revela en la ley, la cual es una representación de su carácter, y la eficacia transformadora de él se siente en el alma hasta que los hombres llegan a ser transformados a su semejanza. Son hechos participantes de la naturaleza divina, y crecen más y más a semejanza de su Salvador, avanzando paso tras paso en conformidad con la voluntad de Dios, hasta que alcanzan la perfección.
La ley y el evangelio están en perfecta armonía. El uno sostiene al otro. La ley se enfrenta con toda su majestad a la conciencia, haciendo que el pecador sienta su necesidad de Cristo como la propiciación por el pecado. El evangelio reconoce el poder y la inmutabilidad de la ley. “Yo no conocí el pecado sino por la ley”, declara
Pablo. El significado del pecado, inculcado por la ley, impulsa al pecador hacia el Salvador; y el hombre, en su necesidad, puede pre-sentar los poderosos argumentos proporcionados por la cruz del Calvario; puede reclamar la justicia de Cristo, pues es impartida a cada pecador arrepentido (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1096).
Jesús, nuestro Sustituto, aceptó cargar por el hombre con la penalidad de la ley transgredida. Cubrió su divinidad con humanidad y de ese modo llegó a ser el Hijo del Hombre, un Salvador y Redentor. El hecho mismo de la muerte del amado Hijo de Dios a fin de redimir al hombre, muestra la inmutabilidad de la ley divina. ¡Cuán fácilmente, desde el punto de vista del transgresor, Dios podría haber abolido su ley, proveyendo así una vía por la cual los hombres pudieran salvarse y Cristo permanecer en el cielo! La doctrina que enseña libertad, mediante la gracia, para quebrantar la ley, es un en-gaño fatal. Todo transgresor de la ley de Dios es un pecador, y nadie puede ser santificado mientras vive conscientemente en pecado.
La condescendencia y la agonía del amado Hijo de Dios no fue-ron soportadas para concederle al hombre libertad para transgredir la ley del Padre y no obstante sentarse con Cristo en su trono. Fueron para que mediante los méritos de Jesús, y el ejercicio del arrepentimiento y la fe, hasta el pecador más culpable pudiera recibir perdón y obtener fortaleza para vivir una vida de obediencia. El pecador no es salvado en sus pecados, sino de sus pecados (Fe y obras, pp. 29, 30).

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