Notas de Elena | Lunes 29 de agosto 2016 | Un equilibrio cuidadoso | Escuela Sabática


Lunes 29 de agosto: Un equilibrio cuidadoso
Mientras se esforzaba por conducir almas al pie de la cruz, Pablo no se atrevió a reprender directamente a los licenciosos, y a mostrar cuán horrible era su pecado a la vista de un Dios Santo. Más bien les presentó el verdadero objeto de la vida, y trató de inculcarles las lecciones del Maestro divino, que, si eran recibidas, los elevarían de la mundanalidad y el pecado a la pureza y la justicia. Se explayó especialmente en la piedad práctica y en la santidad que deben tener aquellos que serán considerados dignos de un lugar en el reino de Dios. Anhelaba ver penetrar la luz. del evangelio de Cristo en las tinieblas de su mente, para que pudieran ver cuán ofensivas a la vista de Dios eran sus prácticas inmorales. Por lo tanto, la nota tónica de su enseñanza entre ellos era Cristo y él crucificado. Trató de mostrarles que su más ferviente estudio y su mayor gozo debía ser la maravillosa verdad de la salvación por el arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo.
El filósofo se aparta de la luz de la salvación, porque ella cubre de vergüenza sus orgullosas teorías; el mundano rehúsa recibirla porque ella lo separaría de sus ídolos terrenales. Pablo vio que el carácter de Cristo debía ser entendido antes que los hombres pudieran amarle, o ver la cruz con los ojos de la fe. Aquí debe comenzar ese estudio que será la ciencia y el canto de los redimidos por toda la eternidad. Solamente a la luz de la cruz puede estimarse el valor del alma humana.
La influencia refinadora de la gracia de Dios cambia el temperamento natural del hombre… Cuando el hombre muere al pecado y despierta a una nueva vida en Cristo, el amor divino llena su corazón; su entendimiento se santifica; bebe en una fuente inagotable de gozo y conocimiento; y la luz de un día eterno brilla en su senda, porque con él está continuamente la Luz de la vida (Los hechos de los apóstoles, pp. 220, 221).
Nadie recargue excesivamente las facultades que Dios le ha dado en un esfuerzo para hacer progresar más rápidamente la obra de Dios. El poder del hombre no puede apresurar la obra; ese poder debe unirse al poder de los seres celestiales. Únicamente así puede llegar la obra de Dios a la perfección. El hombre no puede hacer la parte de la obra que le toca a Dios. Un Pablo puede plantar, y Apolo regar, pero Dios da el crecimiento. Con sencillez y mansedumbre, el hombre ha de cooperar con los agentes divinos, haciendo en todo momento lo mejor que pueda, aunque comprendiendo siempre que Dios es el gran Artífice maestro. El hombre no debe sentir confianza en sí mismo; porque con ello agotaría su fuerza de reserva y destruiría sus facultades mentales y físicas. Aunque fuesen puestos a un lado todos los obreros que ahora llevan las cargas más pesadas, la obra de Dios seguiría adelante. Por lo tanto, dejemos que nuestro celo en el trabajo este templado por la razón y suspendamos nuestros esfuerzos por hacer lo que el Señor solo puede realizar (Joyas de los testimonios, tomo 2, p. 354).
En la tarea de presentar la verdad, ninguna cosa servirá mejor para dar carácter a la obra que la ayuda que se preste a la gente en el lugar donde ésta se encuentra, tal como lo hizo el samaritano. La obra debidamente conducida para salvar a los pobres pecadores que han sido pasados por alto por las iglesias constituirá la cuña de entrada donde la verdad hallará lugar permanente. Hay que establecer un orden diferente de cosas entre nosotros como pueblo, y al hacer esta clase de obra se creará una atmósfera completamente diferente que rodeará las almas de los obreros, porque el Espíritu Santo se comunica a todos los que se ocupan en el servicio de Dios, y los que reciben la influencia del Espíritu Santo constituirán un poder para el bien que elevará, fortalecerá y salvará a las almas que están a punto de perecer (El evangelismo, p. 413).

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