Notas de Elena | Lunes 20 de junio 2016 | Nuestro Sustituto crucificado | Escuela Sabática


Lunes 20 de junio: Nuestro Sustituto crucificado
Satanás hirió el corazón de Jesús con sus fieras tentaciones. El pecado, tan aborrecible a su vista, se acumuló sobre él hasta que gimió bajo su peso. No es maravilla que su humanidad temblara en esa hora terrible. Los ángeles fueron testigos asombrados de la desesperada agonía del Hijo de Dios, mucho mayor que su dolor físico que casi no sentía. Las huestes celestiales se cubrieron el rostro para no ver algo tan terrible.
La naturaleza inanimada manifestó simpatía hacia su agonizante e insultado Autor. El sol no quiso contemplar la terrible escena. La plenitud de sus rayos resplandecientes estaba iluminando la tierra a mediodía, cuando de repente pareció desaparecer. Espesas tinieblas, como si fueran un sudario, rodearon la cruz y toda la zona circundante. Las tinieblas duraron tres horas completas. A la hora nona la temible oscuridad desapareció para la gente, pero siguió envolviendo al Salvador como si fuera un manto. Los furiosos relámpagos parecían dirigidos contra él mientras yacía colgado de la cruz. Entonces “Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34) (La historia de la redención, p. 234).
El poderoso argumento de la cruz convencerá de pecado. El amor divino de Dios hacia los pecadores, expresado en el don de su Hijo para que sufriese la vergüenza y la muerte a fin de que ellos pudiesen ser ennoblecidos y dotados de la vida eterna, es digno de que se lo estudie toda la vida. Os ruego que estudiéis de nuevo la cruz de Cristo. Si todos los orgullosos y vanagloriosos, cuyo corazón anhela recibir el aplauso de los hombres y alcanzar distinción por encima de sus semejantes, pudiesen estimar correctamente el valor de la más alta gloria terrenal en contraste con el valor del Hijo de Dios, rechazado, despreciado y escupido por aquellos mismos a quienes había venido a redimir, ¡cuán insignificantes parecerían todos los honores que puede conceder el hombre finito! (Joyas de los testimonios, tomo 1, pp. 518, 519).
El inmaculado Hijo de Dios pendía de la cruz; su carne estaba lacerada por los azotes; aquellas manos que tantas veces se habían extendido para bendecir, estaban clavadas en el madero; aquellos pies tan incansables en los ministerios de amor estaban también clavados a la cruz; esa cabeza real estaba herida por la corona de espinas; aquellos labios temblorosos formulaban clamores de dolor. Y todo lo que sufrió: las gotas de sangre que cayeron de su cabeza, sus manos y sus pies, la agonía que torturó su cuerpo y la inefable angustia que llenó su alma al ocultarse el rostro de su Padre, habla a cada hijo de la humanidad y declara: Por ti consiente el Hijo de Dios en llevar esta carga de culpabilidad; por ti saquea el dominio de la muerte y abre las puertas del Paraíso. El que calmó las airadas ondas y anduvo sobre la cresta espumosa de las olas, el que hizo temblar a los demonios y huir a la enfermedad, el que abrió los ojos de los ciegos y devolvió la vida a los muertos, se ofrece como sacrificio en la cruz, y esto por amor a ti. El, el Expiador del pecado, soporta la ira de la justicia divina y por causa tuya se hizo pecado (Exaltad a Jesús, p. 230).

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