Notas de Elena | Jueves 5 de enero 2017 | El Espíritu Santo y la Palabra | Escuela Sabática


Jueves 5 de enero: El Espíritu Santo y la Palabra
Las joyas de la verdad yacen dispersas por el campo de la revelación; pero han sido sepultadas bajo tradiciones humanas, bajo dichos y mandamientos de hombres; y la sabiduría del cielo ha quedado casi ignorada. Satanás ha logrado hacer creer al mundo que las palabras y las adquisiciones de los hombres son de grande consecuencia. Hay venas de verdad que descubrir todavía; pero las cosas espirituales se disciernen espiritualmente. Un pasaje de la Escritura resultará ser una llave que abrirá otros pasajes, y de esta manera la luz se derrama sobre el significado oculto de la Palabra. Comparando diferentes textos que tratan del mismo tema, considerando su relación mutua, quedará en evidencia el verdadero significado de las Escrituras (Consejos para los maestros, p. 422).
En las enseñanzas que dio cuando estuvo personalmente aquí entre los hombres, Jesús dirigió los pensamientos del pueblo hacia el Antiguo Testamento. Dijo a los judíos: “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). En aquel entonces los libros del Antiguo Testamento eran la única parte de la Biblia que existía. Otra vez el Hijo de Dios declaró: “A Moisés y a los profetas tienen: óiganlos.” Y agregó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, si alguno se levantare de los muertos” (Lucas 16:29, 31).
La ley ceremonial fue dada por Cristo. Aun después de ser abolida, Pablo la presentó a los judíos en su verdadero marco y valor, mostrando el lugar que ocupaba en el plan de la redención, así como su relación con la obra de Cristo; y el gran apóstol declara que esta ley es gloriosa, digna de su divino Originador. El solemne servicio del santuario representaba las grandes verdades que habían de ser reveladas a través de las siguientes generaciones. La nube de incienso que ascendía con las oraciones de Israel representaba su justicia, que es lo único que puede hacer aceptable ante Dios la oración del pecador; la víctima sangrante en el altar del sacrificio daba testimonio del Redentor que había de venir; y el lugar santísimo irradiaba la señal visible de la presencia divina. Así, a través de siglos y siglos de tinieblas y apostasía, la fe se mantuvo viva en los corazones humanos hasta que llegó el tiempo del advenimiento del Mesías prometido.
Jesús era ya la luz de su pueblo, la luz del mundo, antes de venir a la tierra en forma humana. El primer rayo de luz que penetró la lobreguez en que el pecado había envuelto al mundo, provino de Cristo. Y de él ha emanado todo rayo de resplandor celestial que ha caído sobre los habitantes de la tierra. En el plan de la redención, Cristo es el Alfa y la Omega, el Primero y el Último (Patriarcas y profetas, p. 383).
En cada época hay un nuevo desarrollo de la verdad, un mensaje de Dios al pueblo de esa generación. Las viejas verdades son todas esenciales; la nueva verdad no es independiente de la vieja, sino un desarrollo de ella. Es únicamente comprendiendo las viejas verdades como podemos entender las nuevas. Cuando Cristo deseó revelar a sus discípulos la verdad de su resurrección, comenzó “desde Moisés, y de todos los profetas”, y “declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían”. Pero es la luz que brilla en el nuevo desarrollo de la verdad la que glorifica lo viejo. Aquel que rechaza o descuida lo nuevo no posee realmente lo viejo. Para él la verdad pierde su poder vital y llega a ser solamente una forma muerta (Palabras de vida del gran Maestro, p. 98).
Viernes 6 de enero: Para estudiar y meditar
El conflicto de los siglos, p. 579-587.

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