Notas de Elena | Jueves 12 de mayo 2016 | Señor de los gentiles | Escuela Sabática
Jueves 12 de mayo: Señor de los gentiles
Cristo no era exclusivista, y había ofendido especialmente a los fariseos al apartarse, en este respecto, de sus rígidas reglas. Halló al dominio de la religión rodeado por altas murallas de separación, como si fuera demasiado sagrado para la vida diaria, y derribó esos muros de separación. En su trato con los hombres, no preguntaba: ¿Cuál es vuestro credo? ¿A qué iglesia pertenecéis? Ejercía su facultad de ayudar en favor de todos los que necesitaban ayuda. En vez de aislarse en una celda de ermitaño a fin de mostrar su carácter celestial, trabajaba fervientemente por la humanidad. Inculcaba el principio de que la religión de la Biblia no consiste en la mortificación del cuerpo. Enseñaba que la religión pura y sin mácula no está destinada solamente a horas fijas y ocasiones especiales. En todo momento y lugar, manifestaba amante interés por los hombres, y difundía en derredor suyo la luz de una piedad alegre. Todo esto reprendía a los fariseos. Demostraba que la religión no consiste en egoísmo, y que su mórbida devoción al interés personal distaba mucho de ser verdadera piedad. Esto había despertado su enemistad contra Jesús, de manera que procuraban obtener por la fuerza su conformidad a los reglamentos de ellos.
Jesús obraba para aliviar todo caso de sufrimiento que viese. Tenía poco dinero que dar, pero con frecuencia se privaba de alimento a fin de aliviar a aquellos que parecían más necesitados que él. Sus hermanos sentían que la influencia de él contrarrestaba fuertemente la suya. Poseía un tacto que ninguno de ellos tenía ni deseaba tener. Cuando ellos hablaban duramente a los pobres seres degradados, Jesús buscaba a estas mismas personas y les dirigía palabras de aliento. Daba un vaso de agua fría a los menesterosos y ponía quedamente su propia comida en sus manos. Y mientras aliviaba sus sufrimientos, asociaba con sus actos de misericordia las verdades que enseñaba, y así quedaban grabadas en la memoria (El Deseado de todas las gentes, pp. 65, 66).
Cristo no reconoce distinción de nacionalidad, alcurnia ni credo. Los escribas y fariseos deseaban convertir en un beneficio local y nacional los dones del cielo, y excluir de toda participación al resto de la familia de Dios en el mundo. Pero Cristo vino para derribar todo muro de separación. Vino para demostrar que su don de misericordia y amor es tan ilimitado como el aire, la luz o las lluvias que refrescan la tierra.
La vida de Cristo estableció una religión en la cual no hay casta, una religión por la cual judío y gentil, libre y siervo, están unidos en una fraternidad común y son iguales delante de Dios. Ninguna cuestión de métodos o conducta influía en sus actos. Para él no había diferencia entre vecinos y forasteros, amigos y enemigos. Lo que conmovía su corazón era un alma que tuviese sed de las aguas de vida.
Él no desdeñaba ningún ser humano como inútil, sino que trataba de aplicar el remedio sanador a toda alma. En cualquier compañía en que se encontrase, presentaba una lección apropiada al tiempo y las circunstancias. Toda negligencia o desprecio que manifestasen los hombres para con sus semejantes, le hacía a él tan solo más consciente de la necesidad que tenían de su simpatía divino-humana. Él trataba de inspirar esperanza a los más toscos y menos promisorios, presentándoles la seguridad de que podían llegar a ser sin mancha ni maldad, y alcanzar a poseer un carácter que los diese a conocer como hijos de Dios (Obreros evangélicos, pp. 46, 47).
Viernes 13 de mayo: Para estudiar y meditar
El Deseado de todas las gentes, pp. 365-370.

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