Notas de Elena | Domingo 8 de mayo 2016 | Alimentar a los hambrientos | Escuela Sabática
Domingo 8 de mayo: Alimentar a los hambrientos
Desde la cárcel de Herodes, donde, defraudadas sus esperanzas, Juan Bautista velaba y aguardaba, mandó dos de sus discípulos a Jesús con el mensaje: “¿Eres tú aquél que había de venir, o esperaremos a otro?” (Mateo 11:3.)
El Salvador no respondió en el acto a la pregunta de estos discípulos. Mientras ellos esperaban, extrañando su silencio, los afligidos acudían a Jesús. La voz del poderoso Médico penetraba en el oído del sordo. Una palabra, el toque de su mano, abría los ojos ciegos para que contemplasen la luz del día, las escenas de la naturaleza, los rostros amigos, y el semblante del Libertador. Su voz llegaba a los oídos de los moribundos, y éstos se levantaban sanos y vigorosos. Los endemoniados paralíticos obedecían su palabra, les dejaba la locura, y le adoraban a él. Los campesinos y jornaleros pobres, de quienes se apartaban los rabinos por creerlos impuros, se reunían en tomo suyo, y él les hablaba palabras de vida eterna.
Así transcurrió el día, viéndolo y oyéndolo todo los discípulos de Juan. Finalmente, Jesús los llamó y les mandó que volvieran a Juan y le dijeran lo que habían visto y oído, añadiendo: “Bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí” (vers. 6). Los discípulos llevaron el mensaje, y esto bastó (El ministerio de curación, p. 23).
El pecado es el mayor de todos los males, y nos incumbe compadecemos del pecador y ayudarlo. Pero no todos pueden ser alcanzados de la misma manera. Hay muchos que ocultan el hambre de su alma. Les ayudaría grandemente una palabra tierna o un recuerdo bondadoso. Hay otros que están en la mayor necesidad, y, sin embargo, no lo saben. No se percatan de su terrible indigencia de alma. Hay multitudes tan hundidas en el pecado que han perdido el sentido de las realidades eternas, han perdido la semejanza con Dios, y apenas saben si tienen almas que salvar o no. No tienen fe en Dios ni confianza en el hombre. Muchas de estas personas pueden ser alcanzadas únicamente por actos de bondad desinteresada. Hay que atender primero sus necesidades físicas: alimentarlas, limpiarlas y vestirlas decentemente. Al ver la evidencia de vuestro amor abnegado, les será más fácil creer en el amor de Cristo (Palabras de vida del gran Maestro, p. 319).
Es la gracia de Dios que se derrama sobre la porción pequeña lo que la transforma en algo todo suficiente. La mano de Dios puede multiplicarla cien veces. De sus recursos él puede preparar una mesa en el desierto para más de un millón de personas. Mediante el toque de su mano Dios puede multiplicar su pequeña provisión y hacerla suficiente para todos. Fue su poder el que multiplicó los panes y el grano en las manos de los hijos de los profetas (Exaltad a Jesús, p. 56).

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