Notas de Elena | Domingo 6 de agosto 2017 | La ley y la promesa | Escuela Sabática

Domingo 6 de agosto: La ley y la promesa

La mente debe tributarle obediencia a la ley real de libertad, la ley que el Espíritu de Dios impresiona en el corazón, y hace claro al entendimiento. La expulsión del pecado debe ser un acto del alma misma, realizado al poner en ejercicio sus facultades más nobles. La única libertad que puede disfrutar una voluntad finita, consiste en estar en armonía con la voluntad de Dios, cumpliendo con las condiciones que hacen del hombre un participante de la naturaleza di-vina.

La ley de Dios dada en el Sinaí es una copia de la mente y la voluntad del Dios infinito. Los santos ángeles la reverencian como sagrada. Sus requisitos perfeccionarán el carácter cristiano y restaurarán al hombre, mediante Cristo, a la condición en que se encontraba antes de la caída. Los pecados prohibidos por la ley, nunca podrán encontrar lugar en el cielo.

Fue el amor de Dios al hombre lo que lo indujo a expresar su voluntad en los diez preceptos del Decálogo… Dios le ha dado al hombre en su ley una regla completa para la vida. Si obedece, vivirá por ello, mediante los méritos de Cristo. Si la transgrede, tiene poder para condenar. La ley envía a los hombres a Cristo, y Cristo les señala la ley (Nuestra elevada vocación, p. 140).

Cristo poseía el poder de romper las ataduras de la muerte. De-clara que tiene vida en sí mismo para resucitar a quien quiera.

Todos los seres creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son recipientes de la vida del Hijo de Dios. No importa cuán capa-ces y talentosos sean, no importa cuán amplias sean sus capacidades, son provistos con la vida que procede de la Fuente de toda vida. Él es el manantial, la fuente de vida. Sólo el único que tiene inmortalidad, que mora en luz y vida, podía decir: “Tengo poder para ponerla [mi vida], y tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:1 8) (Mensajes selectos, t. 1. D. 354).

Todo buen impulso o aspiración es un don de Dios; la fe recibe de Dios la única vida que puede producir desarrollo y eficiencia ver-daderos.

Se debería explicar claramente cómo se puede ejercer fe. Toda promesa de Dios tiene ciertas condiciones. Si estamos dispuestos a hacer su voluntad, toda su fuerza nos pertenece. Cualquier don que nos prometa se encuentra en la promesa misma. “La semilla es la palabra de Dios” (Lucas 8:11). Tan ciertamente como se encuentra la semilla del roble en la bellota, se encuentra el don de Dios en su promesa. Si recibimos la promesa, recibimos el don.

La fe que nos capacita para recibir los dones de Dios, es en sí misma un don del cual se imparte una porción a cada ser humano. Aumenta a medida que se la usa para asimilar la Palabra de Dios. A fin de fortalecer la fe debemos ponerla a menudo en contacto con la Palabra (La educación, p. 253).

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