Notas de Elena | Domingo 30 de julio 2017 | La ley y la fe | Escuela Sabática

Domingo 30 de julio: La ley y la fe
A Abraham se le dio la promesa que de su descendencia vendría el Salvador del mundo: “En tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra” (Génesis 22:18). “No dice: Y a las simientes, como de muchos; sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo” (Gálatas 3:16).
Moisés, cerca del fin de su trabajo como jefe y maestro de Israel, profetizó claramente del Mesías venidero. “Profeta de en medio de ti —declaró a las huestes reunidas de Israel—, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios: a él oiréis”. Y Moisés aseguró a los israelitas que Dios mismo le había revelado esto en el monte de Horeb, diciendo: “Profeta les suscitaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare” (Deuteronomio 18:15, 18) (Los hechos de los apóstoles, p. 181).
No comprendemos cuántos de nosotros andamos por la vista, y no por la fe. Creemos en las cosas visibles, pero no apreciamos las preciosas promesas que se nos han dado en su Palabra. Y sin embargo, no podemos deshonrar a Dios más decididamente que demostrando que desconfiamos de lo que dice.
Quisiera decirles a aquellos que están tentados, ni por un solo momento reconozcáis las tentaciones de Satanás, como estando en armonía con vuestras mentes. Alejaos de ellas, como os alejaríais del adversario mismo. La obra de Satanás consiste en desanimar el alma. La obra de Cristo consiste en inspirar al corazón con fe y esperanza. Satanás procura destruir nuestra confianza. Él nos dice que nuestras esperanzas están edificadas sobre falsas premisas, más bien que sobre la palabra inmutable de Aquel que no puede mentir.
Cuando él [Satanás] sugiere dudas acerca de si realmente somos el pueblo a quien Dios está guiando, a quien él está preparando mediante pruebas para permanecer firmes en el día final, estemos listos para hacer frente a sus insinuaciones presentando la clara evidencia de la Palabra de Dios, de que éste es el pueblo remanente que guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús (Nuestra elevada vocación, p. 87).
Donde se ha perfeccionado el amor, se guarda la ley y el yo no encuentra lugar. Los que aman a Dios en forma suprema trabajan, sufren y viven para quien dio su vida por ellos. Podemos guardar la ley solo apropiándonos de la justicia de Cristo. Cristo dice: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Cuando recibimos el don celestial, la justicia de Cristo, encontraremos que se ha provisto para nosotros la gracia de Cristo, y que los recursos humanos son impotentes. Jesús dio el Espíritu Santo en medida abundante para las grandes emergencias, para ayudamos en nuestras debilidades, para damos fuerte consolación, para iluminar nuestras mentes, y para purificar y ennoblecer nuestros corazones. Cristo llega a ser para nosotros sabiduría, justificación, santificación y redención (Reflejemos a Jesús, p. 95).

 

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