Notas de Elena | Domingo 28 de agosto 2016 | Ganar la confianza | Escuela Sabática


Domingo 28 de agosto: Ganar la confianza
Muchos no ejercitan la fe que es su privilegio y deber ejercitar, y a menudo aguardan aquel sentimiento íntimo que solo la fe puede dar. El sentimiento de por sí no es fe. Son dos cosas distintas. A nosotros nos toca ejercitar la fe; pero el sentimiento gozoso y sus beneficios han de sernos dados por Dios. La gracia de Dios llega al alma por el canal de la fe viva, que está en nuestro poder ejercitar.
La fe verdadera demanda la bendición prometida y se aterra a ella antes de saberla realizada y de sentirla. Debemos elevar nuestras peticiones al lugar santísimo con una fe que dé por recibidos los prometidos beneficios y los considere ya suyos. Hemos de creer, pues, que recibiremos la bendición, porque nuestra fe ya se apropió de ella, y, según la Palabra, es nuestra. “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá’’ (Marcos 11:24). Esto es fe sincera y pura: creer que recibiréis la bendición aun antes de recibirla en realidad… pero muchos suponen… que no pueden tener fe a menos que sientan el poder del Espíritu. Los tales confunden la fe con la bendición que nos llega por medio de ella. Precisamente el tiempo más apropiado para ejercer fe es cuando nos sentimos privados del Espíritu. Cuando parecen asentarse densas nubes sobre la mente, se debe dejar que la fe viva atraviese las tinieblas y disipe las nubes. La fe verdadera se apoya en las promesas contenidas en la Palabra de Dios, y únicamente quienes obedezcan a esta Palabra pueden pretender que se cumplan sus gloriosas promesas.
¿Nos atrevemos a deshonrar a Dios imaginando que no responderá a las súplicas de sus hijos?… El Espíritu Santo, su representante, es la mayor de todas sus dádivas. Todas las “buenas dádivas” quedan abarcadas en ésta. El Creador mismo no pide damos cosa alguna que sea mejor ni mayor. Cuando suplicamos al Señor que se compadezca de nosotros en nuestras aflicciones y que nos guíe mediante su Espíritu Santo, no desoirá nuestra petición (La maravillosa gracia de Dios, p. 207).
Mientras Moisés examinaba el resultado de sus arduas labores, casi le pareció haber vivido en vano su vida de pruebas y sacrificios. No se arrepentía, sin embargo, de haber llevado tal carga. Sabía que Dios mismo le había asignado su misión y su obra. Cuando se le llamó por vez primera
para que acaudillara a Israel y lo sacará de la servidumbre, quiso eludir la responsabilidad; pero desde que inició la obra, nunca depuso la carga. Aun cuando Dios propuso relevarle a él, y destruir al rebelde Israel, Moisés no pudo consentir en ello. Aunque sus pruebas habían sido grandes, había recibido demostraciones especiales del favor de Dios; había obtenido gran experiencia durante la estada en el desierto, al presenciar las manifestaciones del poder y la gloria de Dios y al sentir la comunión de su amor; comprendía que había decidido con prudencia al preferir sufrir aflicciones con el pueblo de Dios más bien que gozar de los placeres del pecado durante algún tiempo.
Mientras repasaba lo que había experimentado como jefe del pueblo de Dios, veía que un solo acto malo manchaba su foja de servicios. Sentía que si tan solo se pudiera borrar esa transgresión, ya no rehuiría la muerte. Se le aseguró que todo lo que Dios pedía era arrepentimiento y fe en el sacrificio prometido, y nuevamente Moisés confesó su pecado c imploró perdón en el nombre de Jesús (Patriarcas y profetas, pp. 505, 506).

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