Notas de Elena | Domingo 22 de octubre 2017 | Las obras de la Ley | Escuela Sabática

Domingo 22 de octubre: Las obras de la Ley
Desde el principio de la gran controversia, se propuso Satanás desfigurar el carácter de Dios, y despertar rebelión contra su ley; y esta obra parece coronada de éxito. Las multitudes prestan atención a los engaños de Satanás y se vuelven contra Dios. Pero en medio de la obra del mal, los propósitos de Dios progresan con firmeza hacia su realización. Él manifiesta su justicia y benevolencia hacia todos los seres inteligentes creados por él. A causa de las tentaciones de Satanás, todos los miembros de la raza humana se han convertido en transgresores de la ley divina; pero en virtud del sacrificio de su Hijo se abre un camino por el cual pueden regresar a Dios. Por medio de la gracia de Cristo pueden llegar a ser capaces de obedecer la ley del Padre. Así en todos los tiempos, de entre la apostasía y la rebelión Dios saca a un pueblo que le es fiel, un pueblo “en cuyo corazón está” su “ley”. Isaías 51:7 (Patriarcas y profetas, p. 351).
Y a los que insistían en que “la predicación del evangelio satisface todas las exigencias de la ley”, Wesley replicaba: “Lo negamos rotundamente. No satisface ni siquiera el primer fin de la ley que es convencer a los hombres de su pecado, despertar a los que duermen aún al borde del infierno”. El apóstol Pablo dice que “por medio de la ley es el conocimiento del pecado”, “y mientras no esté el hombre completamente convencido de sus pecados, no puede sentir verdaderamente la necesidad de la sangre expiatoria de Cristo… Como lo dijo nuestro Señor, ‘los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos’. Es por lo tanto absurdo ofrecerle médico al que está sano o que cuando menos cree estarlo. Primeramente tenéis que convencerle de que está enfermo; de otro modo no os agradecerá la molestia que por él os dais. Es igualmente
absurdo ofrecer a Cristo a aquellos cuyo corazón no ha sido quebrantado todavía”.
De modo que, al predicar el evangelio de la gracia de Dios, Wesley, como su Maestro, procuraba “engrandecer” la ley y hacerla “honorable”. Hizo fielmente la obra que Dios le encomendara y gloriosos fueron los resultados que le fue dado contemplar (El conflicto de los siglos, pp. 267, 268).
Nuestra aceptación delante de Dios es segura solo mediante su amado Hijo, y las buenas obras no son sino el resultado de la obra de su amor que perdona los pecados. Ellas no nos acreditan, y nada se nos concede por nuestras buenas obras por lo cual podamos pretender una parte en la salvación de nuestras almas. La salvación es un don gratuito de Dios para el creyente, que solo se le da por causa de Cristo. El alma turbada puede hallar paz por la fe en Cristo, y su paz estará en proporción con su fe y confianza. El creyente no puede presentar sus obras como un argumento para la salvación de su alma (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, tomo 5, p. 1096).

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