Notas de Elena | Domingo 22 de mayo 2016 | La grandeza de la humildad | Escuela Sabática
Domingo 22 de mayo: La grandeza de la humildad
Si tan solo quisiéramos aprender las lecciones admirables que Jesús procuro enseñar a sus discípulos mediante un niñito, ¡cuántas cosas que parecen ahora dificultades insuperables desaparecerían! Cuando los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?… llamando Jesús a un niño, le puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvierais y fuereis como un niño, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humillaré como este niño, éste es el mayor en el reino de los cielos” (El hogar cristiano, pp. 252, 253).
Los hombres que se humillan a sí mismos como un niñito serán enseñados por Dios. El Señor no depende de los talentos del hombre; porque él es la fuente de todo don perfecto. El más humilde de los hombres si ama y teme a Dios podrá poseer los dones celestiales (La fe por la cual vivo, p. 140).
Los niñitos no manifiestan sentimientos de superioridad ni se sienten aristócratas. Son sencillos y naturales en su aspecto. Cristo quiere que sus seguidores cultiven modales carentes de afectación, para que todo su comportamiento sea humilde y semejante al de él. Nos ha asignado el deber de vivir en favor de los demás. Vino a este mundo desde las reales cortes del cielo para manifestar el gran interés que tenía por el hombre, y el precio infinito pagado por la redención de éste revela que es de tan gran valor que Cristo pudo sacrificar sus riquezas, su honor y las cortes reales, para librarlo de la degradación del pecado.
Si la Majestad del cielo pudo hacer tanto para poner en evidencia su amor por el hombre, ¿qué no debería éste estar dispuesto a hacer por los demás, para ayudarles a salir del pozo del sufrimiento y las tinieblas? (Cada día con Dios, p. 182).
Toda verdadera obediencia proviene del corazón. La de Cristo procedía del corazón. Y si nosotros consentimos, se identificará de tal manera con nuestros pensamientos y fines, amoldará de tal manera nuestro corazón y mente en conformidad con su voluntad, que cuando le obedezcamos estaremos tan solo ejecutando nuestros propios impulsos. La voluntad, refinada y santificada, hallará su más alto deleite en servirle. Cuando conozcamos a Dios como es nuestro privilegio conocerle, nuestra vida será una vida de continua obediencia. Si apreciamos el carácter de Cristo y tenemos comunión con Dios, el pecado llegará a sernos odioso (El Deseado de todas las gentes, p. 621).

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