Notas de Elena | Domingo 1 de mayo | El liviano yugo de Cristo | Escuela Sabática
Domingo 1 de mayo: El liviano yugo de Cristo
El pecado por el cual Cristo reprochó a Corazín y Betsaida fue el pecado de rechazar la evidencia que las habría convencido de la verdad, y se hubieran rendido a su poder. El pecado de los escribas y fariseos fue el pecado de colocar en las tinieblas de la incredulidad la obra celestial que se había efectuado delante de ellos, de modo que fue puesta en duda la evidencia que debiera haberlos conducido a una fe arraigada, y las cosas sagradas que debieran haber sido apreciadas fueron consideradas como si no tuvieran valor. Temo que los nuestros hayan permitido que el enemigo proceda precisamente así, de modo que algunos hayan considerado como fanatismo el bien emanado de Dios, la rica bendición que él ha dado (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 165, 166).
Jesús vivió dependiendo de Dios y de su comunión con él. Los hombres acuden de vez en cuando al lugar secreto del Altísimo, bajo la sombra del Omnipotente; permanecen allí un tiempo, y el resultado se manifiesta en acciones nobles; luego falla su fe, se interrumpe la comunión con Dios, y se echa a perder la obra de la vida. Pero la vida de Jesús era una vida de confianza constante, sostenida por una comunión continua, y su servicio para el cielo y la tierra fue sin fracaso ni vacilación.
Como hombre, suplicaba ante el trono de Dios, hasta que su humanidad se cargaba de una corriente celestial que unía la humanidad con la Divinidad. Recibía vida de Dios, y la impartía a los hombres (La educación, pp. 80, 81).
Queremos tener el espíritu correcto, el espíritu que se deja enseñar, el deseo de aprender en la escuela de Cristo lecciones de humildad y mansedumbre. “Aprended de mí”, dijo el Maestro celestial, “que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:29, 30). Cuando tratamos de llevar nuestras cargas por nosotros mismos y fabricamos nuestro propio yugo, éste resulta penoso y la carga se vuelve pesada. Anhelamos la mansedumbre de Cristo; entonces las cosas pequeñas ya no nos irritan. Podemos tener celo en el trabajo, pero esto no es todo lo que necesitamos, Necesitamos la verdadera simpatía cristiana. Necesitamos que el yo y nuestra voluntad se sumerjan en la voluntad de Cristo. Necesitamos mantener el ojo fijo en la gloria de Dios. Necesitamos estar continuamente anhelantes y trabajar para el honor y la gloria de Dios (Alza tus ojos, p. 32).

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