Lección 14 | Martes 26 de septiembre 2017 | Gloriarse en la cruz | Escuela Sabática

Martes 26 de septiembre
GLORIARSE EN LA CRUZ
“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gál. 6:14).
Luego de exponer los motivos que impulsaban a algunos a insistir con la circuncisión, Pablo presenta su mensaje del evangelio a los gálatas por última vez, aunque solamente de manera resumida. Para Pablo, el evangelio se basaba en dos principios fundamentales: (1) la centralidad de la Cruz (vers. 14) y (2) la doctrina de la justificación (vers. 15). En el estudio de hoy, nos enfocaremos en el primer principio.
Es difícil para nosotros, que vivimos en el siglo XXI, entender la sorpresa que provocaron originalmente los comentarios de Pablo sobre la Cruz (Gál. 6:14). Hoy, la cruz de Cristo es un símbolo común y atesorado que evoca sentimientos positivos para la mayoría de las personas. Sin embargo, en la época de Pablo, la cruz no era algo en que gloriarse sino un objeto de desprecio. Para los judíos, la idea de un Mesías crucificado era ofensiva, y a los romanos la crucifixión les resultaba tan repugnante que ni siquiera se mencionaba como una forma de castigo adecuada para un ciudadano romano.
El desprecio con el que el mundo antiguo veía la cruz de Cristo puede verse claramente en el dibujo más antiguo de la crucifixión que se conoce. Proveniente de principios del siglo II, una porción de grafiti antiguo presenta la crucifixión de un hombre con la cabeza de un asno. Debajo de la cruz, y junto al dibujo de un hombre con las manos alzadas en adoración, hay una inscripción que dice: “Alejandro adora a su dios”. El significado es claro: la cruz de Cristo era considerada ridícula. En este contexto, Pablo audazmente declara que no puede gloriarse en otra cosa sino en la cruz de Cristo.
¿Qué diferencia marcó la cruz de Cristo en la relación de Pablo con el mundo? Gálatas 6:14; Romanos 6:1-6; 12:1-8; Filipenses 3:8.
La cruz de Cristo cambia todo para el creyente. Nos desafía no solamente a revaluar cómo nos vemos a nosotros mismos sino también cómo nos relacionamos con el mundo. El mundo (este siglo presente impío y todo lo que conlleva [1 Juan 2:16]) se opone a Dios. Debido a que hemos muerto con Cristo, el mundo ya no tiene el poder esclavizador que alguna vez tuvo sobre nosotros, y la vida antigua que una vez vivíamos para el mundo ya no existe. Siguiendo la analogía de Pablo, el quiebre entre el creyente y el mundo debería ser como si ambos hubieran muerto el uno para el otro.
¿Qué hizo la Cruz para afectar tu relación con el mundo? ¿Qué diferencia marcó en tu vida? ¿Cuán distinto vives ahora de lo que vivías antes de entregarte al Señor, quien murió por ti?

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