Lección 12 | Martes 19 de diciembre 2017 | El Cristiano y el Estado | Escuela Sabática

Martes 19 de diciembre
EL CRISTIANO Y EL ESTADO
Lee Romanos 13:1 al 7. ¿Qué principios básicos podemos aprender, de este pasaje, sobre las formas en que debemos relacionarnos con el poder civil del Gobierno?
Lo que vuelve tan interesantes las palabras de Pablo es que escribió durante una época en la que un imperio pagano gobernaba el mundo, que podía ser increíblemente brutal, que era corrupto desde la base, que no sabía nada sobre el verdadero Dios y que en pocos años iniciaría una persecución masiva contra quienes querían adorar a ese Dios. ¡De hecho, Pablo fue asesinado por ese Gobierno! Sin embargo, a pesar de todo esto, Pablo promovía que los cristianos fueran buenos ciudadanos, incluso bajo un Gobierno como ese.
Sí. Y eso es porque la idea misma de gobierno se encuentra en toda la Biblia. El concepto, el principio de gobierno, fue ordenado por Dios. Los seres humanos necesitan vivir en una comunidad con reglamentos, estatutos y normas. La anarquía no es un concepto bíblico.
Con todo, no significa que Dios apruebe todas las formas de gobierno o la manera en que se administran todos los Gobiernos. Al contrario. No tenemos que ir demasiado lejos, ya sea en la historia o en el mundo actual, para ver algunos regímenes brutales. Sin embargo, incluso en situaciones como estas, en la medida de lo posible los cristianos deberían obedecer las leyes del país. Los cristianos deben prestar leal apoyo al Gobierno mientras sus demandas no entren en conflicto con las demandas de Dios. Deberíamos considerar con mucho cuidado y oración (y en consulta con otros) antes de emprender un rumbo que nos enfrente con las autoridades existentes. Sabemos, por las profecías, que un día todos los seguidores fieles de Dios se enfrentarán con los poderes políticos que controlan el mundo (Apoc. 13). Hasta entonces, debemos hacer todo lo posible, ante Dios, para ser buenos ciudadanos en cualquier país en el que vivamos.
“Hemos de reconocer los Gobiernos humanos como instituciones ordenadas por Dios mismo, y enseñar la obediencia a ellos como un deber sagrado, dentro de su legítima esfera. Pero, cuando sus demandas estén en pugna con las de Dios, hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres. La palabra de Dios debe ser reconocida sobre toda otra legislación humana […].
“No se nos pide que desafiemos a las autoridades. Nuestras palabras, sean habladas o escritas, deben ser consideradas cuidadosamente, no sea que por nuestras declaraciones parezcamos estar en contra de la ley y del orden, y dejemos constancia de ello. No debemos decir ni hacer ninguna cosa que pudiera cerrarnos innecesariamente el camino” (HAp 56).

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