Lección 11 | Martes 12 de diciembre 2017 | Las ramas naturales | Escuela Sabática

Martes 12 de diciembre
LAS RAMAS NATURALES
Lee Romanos 11:11 al 15. ¿Qué gran esperanza presenta Pablo en este pasaje?
En este pasaje, encontramos dos expresiones paralelas: 1) “su [de los israelitas] plena restauración” (Rom. 11:12), y 2) “su [de los israelitas] restitución” (Rom. 11:15). Pablo concebía que el detrimento y el rechazo solo serían temporales, y que les seguirían la plenitud y la restitución. Esta es la segunda respuesta de Pablo a la pregunta planteada al principio del capítulo: “¿Acaso rechazó Dios a su pueblo?” Lo que parece ser un rechazo, dice, es solo una situación temporal.
Lee Romanos 11:16 al 24. ¿Qué nos está diciendo Pablo aquí?
Pablo compara al remanente fiel de Israel con un olivo noble, cuyas ramas han sido desgajadas (los incrédulos); esta es una ilustración que usa para probar que “Dios no rechazó a su pueblo” (Rom. 11:2). La raíz y el tronco todavía están allí.
En este árbol se han injertado los gentiles creyentes. Ellos obtienen su savia y su vitalidad de la raíz y del tronco, que representan al Israel creyente.
Lo que les sucedió a quienes rechazaron a Jesús podría sucederles también a los creyentes gentiles. La Biblia no enseña ninguna doctrina de “una vez salvo, siempre salvo”. Así como la salvación se ofrece libremente, también se la puede rechazar libremente. Aunque debemos tener cuidado de no pensar que cada vez que caemos quedamos fuera de la salvación, o que no somos salvos a menos que seamos perfectos, también debemos evitar el otro extremo: la idea de que una vez que la gracia de Dios nos cubre no hay nada que podamos hacer, ninguna decisión que podamos tomar, que nos quite la provisión de la salvación. En definitiva, solo aquellos que se “mantiene[n] en su bondad” (Rom. 11:22) serán salvos.
Ningún creyente debería jactarse de su bondad ni sentirse superior a sus semejantes. No merecemos nuestra salvación; es un regalo. Delante de la Cruz, delante del estandarte de la santidad de Dios, todos somos iguales: pecadores que necesitamos la gracia divina, pecadores que necesitamos una santidad que solo puede ser nuestra mediante la gracia. No tenemos nada en nosotros mismos de lo cual alardear; nuestra jactancia debe ser solo en Jesús y en lo que él hizo por nosotros al venir a este mundo en carne humana, al sufrir nuestras aflicciones, al morir por nuestros pecados, al ofrecernos un modelo de cómo debemos vivir y al prometernos poder para llevar adelante esa vida. En todo somos completamente dependientes de él, porque sin él no tendríamos esperanza más allá de lo que este mundo ofrece.

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