Lección 10 | Martes 31 de mayo 2016 | Ningún fruto | Escuela Sabática
Martes 31 de mayo
NINGÚN FRUTO
Jesús purificó el Templo como un acto de compasión. En el atrio de los gentiles se compraba y se vendía, y Jesús quería que su casa fuera un lugar de oración y adoración para todos los pueblos.
A su vez, la purificación era también un acto de juicio. Los sacerdotes que lo administraban habían arruinado su oportunidad de bendecir a todas las naciones; el día de su juicio estaba cercano. Aunque Jesús había hecho mucho para revelar su vocación divina, estos hombres todavía rehusaban aceptarlo. ¿Qué más podría suceder, sino que cosecharan los resultados de sus trágicas elecciones?
Lee Mateo 21:18 al 22. ¿De qué modo la maldición de la higuera se relaciona con la purificación del Templo?
Jesús maldijo la higuera como una parábola actuada acerca de los líderes de la nación judía que al final cosechaban lo que habían sembrado. No obstante, esta parábola no se refería a todos los líderes religiosos, porque más tarde muchos aceptaron a Jesús como el Mesías. “Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe” (Hech. 6:7). Así como la higuera no llevó fruto, tampoco lo tenía el ministerio del Templo, que pronto quedaría anulado.
Esta acción de Jesús y sus duras palabras debieron de haber asombrado a los discípulos, que todavía estaban aprendiendo las lecciones de compasión que estaba revelando Jesús en su ministerio. Este era el mismo Jesús que declaró que había venido no para condenar al mundo, sino para redimirlo; el que afirmó que “el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Luc. 9:56). En su ministerio, cada palabra y cada acto estuvieron dedicados a restaurar a la humanidad caída, a señalarles la promesa y la esperanza de una vida nueva con él. Entonces, que hablara y actuara tan severamente los sorprendió, y Mateo escribió que ellos quedaron “maravillados” por lo que había hecho.
No hay dudas de que hay gente que, tarde o temprano, rechaza la misericordia y la gracia de Dios (ver Gén. 6:13; 15:16; 19:24; Apoc. 22:11). No obstante, ¿por qué debemos dejar ese juicio a Dios, y nunca juzgar nosotros?

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