Jueves 27 de julio 2017 | Devoción Matutina para Adultos | El camino a la embriaguez

VIDA CRISTIANA PRÁCTICA
«No te fijes en lo rojo que es el vino, ni en cómo brilla en la copa, ni en la suavidad con que se desliza; porque acaba mordiendo como serpiente». Proverbios 23: 31-32, NVI

SE LLEGA a la embriaguez tan ciertamente con el vino, la cerveza y la sidra, como con bebidas más fuertes. El uso de las bebidas que tienen menos alcohol despierta el deseo de consumir las más fuertes, y así se contrae el hábito de beber. La moderación en la bebida es la escuela en que se educan los hombres para la carrera de borrachos. Tan engañosa es la obra de estos estimulantes más leves, que la víctima entra por el camino ancho que lleva a la costumbre de emborracharse antes de que se haya dado cuenta del peligro.
Algunos que nunca son tenidos por ebrios están siempre bajo la influencia de las bebidas embriagantes suaves. Se los nota febriles, de genio inestable, y desequilibrados. Creyéndose seguros, siguen adelante, hasta derribar toda barrera y sacrificar todo principio. Las resoluciones más firmes quedan socavadas; las más altas consideraciones no bastan para sujetar sus apetitos a la razón.
En ninguna parte la Biblia sanciona el uso del vino fermentado. El vino que Cristo hizo con agua en las bodas de Caná era jugo puro de uva. Este es el «mosto» que se halla en el «racimo», del cual dice la Escritura: «No lo desperdicies, porque bendición hay en él» (Isa. 65: 8).
Fue Cristo quien advirtió a Israel en el Antiguo Testamento: «El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora; ninguno que por su causa yerre es sabio» (Prov. 20: 1). Cristo no suministró semejante bebida. Satanás induce a los seres humanos a dejarse llevar por hábitos que embotan la razón y entorpecen las percepciones espirituales, pero Cristo nos enseña a dominar la naturaleza inferior. Él nunca ofrece a los hombres lo que podría ser una tentación para ellos. Su vida entera fue un ejemplo de abnegación. Para quebrantar el poder de los apetitos ayunó cuarenta días en el desierto, y en beneficio nuestro soportó la prueba más dura que la humanidad pudiera sufrir. Fue Cristo quien dispuso que Juan el Bautista no bebiese vino ni bebidas fuertes. Fue él quien impuso la misma restricción a la esposa de Manoa. Cristo no contradijo su propia enseñanza. El vino sin fermentar que suministró a los invitados de la boda era una bebida sana y refrigerante. Fue el vino del que nuestro Salvador hizo uso con sus discípulos en la primera comunión.— El ministerio de curación, cap. 26, pp. 227-228.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2017
DE VUELTA AL HOGAR
Elena G. de White
Lecturas devocionales para Adultos 2017

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