Domingo 10 de junio 2018 | Devoción Matutina Jóvenes

El lenguaje de las lágrimas

DEVOCIÓN MATUTINA PARA JÓVENES 2018 365 VIVENCIAS DE JÓVENES COMO TÚ Lecturas devocionales para Jóvenes 2018

DEVOCIÓN MATUTINA PARA JÓVENES 2018
365 VIVENCIAS DE JÓVENES COMO TÚ
Lecturas devocionales para Jóvenes 2018

«En mi angustia llamé al Señor, pedí ayuda a mi Dios, y él me escuchó desde su templo; ¡mis gritos llegaron a sus oídos!». Salmos 18: 6

En el año 2008 tuve un encuentro con Dios. Mi hijo, que entonces tenía un año, empezó a convulsionar por una fiebre muy alta. Recibí una llamada desde su guardería en la que me dijeron que estaba sufriendo convulsiones y que en ese mismo momento lo estaban llevando al hospital. Clamé a Dios pidiéndole su ayuda mientras conducía a toda prisa hacia el hospital.

Un frío estremecimiento recorrió mi cuerpo ante la abrumadora incertidumbre del destino de mi bebé. No puedo recordar cómo llegué al hospital, era como si mi mente estuviese en otro mundo; pero recuerdo haberlo hecho en un tiempo récord. Llena de ansiedad mientras aguardaba al coche que traía a mi hijo, que de hecho provenía de un lugar más cercano, oré sin decir nada en concreto, no podía coordinar siquiera mis pensamientos. Las lágrimas rodaban por mi mejilla, mi cuerpo temblaba y por dentro estaba aterrorizada por el miedo a lo desconocido, sin embargo allá en el fondo continué confiando en Dios con la esperanza de que él obraría en beneficio de mi hijo.

Cuando llegó el coche tomé a mi hijo y corrí hacia la sala de emergencias. Al ser yo enfermera, me percaté enseguida de que mi bebé no tenía tono muscular y que su cuerpo apenas se movía. Traté de convencerme de que no había muerto, pero no pude conseguirlo, ni siquiera estaba segura de si estaba respirando, o de si simplemente me lo estaba imaginando por mi propia salud mental. Lo que normalmente es una carrera de unos veinte a treinta segundos me pareció una eternidad. Me sentí como si estuviera corriendo en vano porque lo había perdido. Cuando lo dejé en la cama, puse todo en manos de Dios.

Doy gracias a Dios por haber escuchado mi clamor y mantener a mi bebé con vida. El comprende incluso nuestros deseos no pronunciados y lágrimas. Hoy puedo decir que tengo un hijo sano que ha entregado recientemente su vida a Dios. Con Dios todo es posible.

Continúa confiando en él, porque él entiende incluso el lenguaje de nuestras lágrimas.

Jenieth Foster, Jamaica

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