9 de noviembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Todo un caballero

«Al oír Potifar las quejas de su esposa, se enojó mucho. Entonces agarró a José y lo metió en la cárcel, donde estaban los presos del rey. Pero aun en la cárcel Dios siguió ayudando a José y dándole muestras de su amor, pues hizo que el carcelero lo tratara bien. Y así, el carcelero puso a José a cargo de todos los presos y de todos los trabajos que allí se hacían». Génesis 39: 19-22, TLA

JOSÉ CONSIDERABA SU ESCLAVITUD en Egipto como la mayor calamidad que podría haberle sucedido; pero sintió la necesidad de confiar en el Señor como nunca antes lo había hecho bajo la protección del amor paterno. José llevó a Dios consigo a Egipto, lo cual resultó evidente por su conducta optimista en medio de aquellas terribles adversidades.
Lo mismo que el arca de Dios trajo prosperidad y reposo a Israel, este joven amante de su Creador, temeroso de Dios, llevó bendición a Egipto. Y la bendición fue tan evidente, que Potifar, en cuya casa servía, atribuyó su prosperidad al esclavo que había comprado, y lo consideró un hijo más que un siervo.— The Youth’s Instructor, 11 de marzo de 1897.
La religión de José hizo que él conservara la dulzura y el espíritu solidario, a pesar de todas sus desgracias. Hay quienes se vuelven amargados, egoístas, ceñudos y desconsiderados en sus palabras y comportamiento, cuando creen que no han sido tratados con justicia. Se hunden desanimados, rencorosos, odiando a los demás. José, sin embargo, era un fiel hijo de Dios. No bien ingresa a la vida de la prisión, pone todo el esplendor de sus principios y valores en ejercicio activo; comienza a hacerse útil a los demás. Se informa de las dificultades de sus compañeros de prisión.
José siempre se mostró alegre, porque era todo un caballero… cristiano, podríamos perfectamente decir. Dios lo preparaba bajo aquella dura disciplina para un puesto de gran responsabilidad, honor y utilidad, y él estaba deseoso de aprender. Así que recibió de buen grado las lecciones que el Señor le enseñaba. Aprendió a llevar el yugo en su juventud; aprendió a gobernar aprendiendo primero la obediencia él mismo. Se humilló, y el Señor lo exaltó a un alto honor.— Carta 3, 1879 (Comentario bíblico adventista, t. 1, p.1111).

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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