7 de octubre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | La vid verdadera

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador». Juan 15: 1

LOS QUE QUIERAN SEGUIR A CRISTO, han de creer en él; y abrir el corazón para recibirlo como huésped permanente. Necesitan habitar en Cristo como el pámpano mora en la vid viviente. Existe una unión vital que se ha formado entre la cepa y el sarmiento, y el mismo fruto que aparece en este es el que se ve en el resto de la planta. Así el Señor obrará mediante los instrumentos humanos que se unen a Cristo. Los que tienen confianza permanente en Cristo, tendrán, como Enoc, un sentido de la permanente presencia de Dios.
¿Por qué sucede que hay tantos que experimentan incertidumbre y se sienten huérfanos? Se debe a que no cultivan la fe en la certidumbre de que Cristo ha cargado con todos sus pecados. Jesús tomó sobre sí la naturaleza humana en favor de los que habían transgredido la ley, «y para eso tenía que hacerse igual en todo a sus hermanos» (Heb. 2: 17, DHH), es decir a nosotros, a fin de que pudiéramos tener plena seguridad y paz para siempre. Tenemos un Abogado en los cielos, y todo el que lo acepte como su Salvador personal, no quedará huérfano para soportar la maldición de sus propios pecados.
Es preciso cultivar diariamente la confianza en Aquel que se ha encargado de nuestro caso, que es nuestro «Sumo Sacerdote fiel y compasivo» (Heb. 2: 17, DHH), y también diariamente hemos de contemplarlo, «porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado», no en unas pocas cosas, sino en todo, como nosotros, «es poderoso para socorrer a los que son tentados». «No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Heb. 2: 18; 4: 15).
En este mismo instante, en el cielo, se aflige con nuestras aflicciones; y como un Salvador viviente, como un Abogado interesado, Cristo está intercediendo por nosotros.— The Youth’s Instructor, 18 de octubre de 1894.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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