7 de diciembre | Maranata: El Señor viene | Elena G. de White | Pertenecemos a la familia real

Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 1 Juan 3:2.

¿Puede alguna institución terrenal conferir un honor igual al de ser hijos de Dios, vástagos del Rey celestial, miembros de la familia real?… Los nobles de la tierra son solo hombres; mueren y vuelven al polvo y no hay satisfacción perdurable en su alabanza y honor. Pero el honor que proviene de Dios es duradero. Ser herederos de Dios y coherederos con Cristo significa tener derecho a incalculables riquezas, a tesoros de tal valor que el compararlos con el oro, la plata, las gemas y las piedras preciosas de la tierra, éstas se hunden en su insignificancia.—The Review and Herald, 10 de junio de 1884.
Hacer compañía con el Padre y su Hijo Jesucristo nos ennoblece y eleva y nos convierte en partícipes de gozos indecibles y gloriosos. Los alimentos, la ropa, la posición social y la riqueza pueden ser valiosos, pero estar unidos a Dios y ser partícipes de su naturaleza divina es de un valor incalculable. Nuestras vidas deberían estar escondidas con Cristo en Dios y, a pesar de que “aún no se ha manifestado lo que hemos de ser” (1 Juan 2:2), “cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste” (Colosenses 3:4), “seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. 1 Juan 3:2. La dignidad principesca del carácter cristiano brillará como el sol, y los rayos de luz que salen de la faz de Cristo se reflejarán sobre aquellos que se hayan purificado como él es puro. El sacrificio de todo cuanto poseemos, incluso la propia vida, es un precio irrisorio para pagar por el privilegio de ser hijos de Dios.—Testimonies for the Church 4:350.
Cuando, en su estado mortal, Juan contempló la gloria de Dios, cayó como muerto; no pudo soportar la visión. Pero cuando los hijos de Dios hayan recibido la inmortalidad, lo verán “como él es”. Estarán delante del trono, aceptos en el Amado. Todos sus pecados habrán sido borrados, todas sus transgresiones expiadas. Entonces podrán mirar sin velo la gloria del trono de Dios Habrán participado con Cristo en sus sufrimientos, habrán trabajado con él en el plan de la salvación, y participarán con él del gozo de ver las almas salvadas en el reino de Dios, para alabar allí a Dios durante toda la eternidad.—Joyas de los Testimonios 3:432.

DEVOCIONAL MARANATA: EL SEÑOR VIENE
Elena G. de White

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