6 de noviembre | Mi vida Hoy | Elena G. de White | El yelmo de salvación.


Pues de justicia se vistió como de loriga, con cápasete de salud en su cabeza; vistiose de vestido de venganza por vestidura, y cubriose de celo como de manto. (Isa. 59:17)

Muchos tienen ideas confusas respecto a la conversión. A menudo oyeron repetir las siguientes palabras desde el púlpito: “Debéis nacer de nuevo.” “Necesitáis un nuevo corazón.” Estas expresiones los han confundido. No pudieron captar el plan de salvación.
Muchos tropezaron y se perdieron a causa de las doctrinas erróneas que enseñaban algunos ministros, con respecto a la transformación que ocurre en ocasión de la conversión. Algunos han vivido sumidos en la tristeza durante años, esperando advertir alguna evidencia señalada de que Dios los había aceptado. Se han separado notablemente del mundo, y se deleitan en relacionarse con el pueblo de Dios; sin embargo, no se atreven a profesar a Cristo, porque temen que sería una presunción decir que son hijos de Dios. Están que se produzca ese cambio singular que, según se les ha enseñado, ocurre cuando uno se convierte.
Después de cierto tiempo, algunas de esas personas reciben evidencias de que Dios los ha aceptado y se sienten inducidas a identificarse con su pueblo. Y fijan la fecha de su conversión en ese día. Pero…habían sido adoptados en la familia de Dios antes de esa fecha. Dios los aceptó cuando los empezó a afligir el pecado, y cuando, habiendo perdido su afán por gozar placeres mundanos, comenzaron a buscar a Dios ardientemente. Más, por no comprender lo sencillo que es el plan de salvación, perdieron muchos privilegios y bendiciones que podrían haber solicitado si solamente hubieran creído, cuando se acercaron al Señor por primera vez, que él los había aceptado.
Otros cometen un error más peligroso. Se dejan gobernar por los impulsos. Sus sentimientos se conmueven, y consideran que esa sensación es una evidencia de que Dios los ha aceptado y de que están convertidos. Pero no han cambiado los principios que rigen su vida. Las evidencias de la genuina obra de la gracia en el corazón no se hallarán en los sentimientos sino en la vida. (Ev:286-287)

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