6 de noviembre | Maranata: El Señor viene | Elena G. de White | ¡Cuán poco nos cuesta el cielo!


Verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho. Isaías 53:10, 11.

El amor de Dios es inconmensurable e incomparable. Es infinito… Cuando contemplamos la dignidad y la gloria de Cristo, vemos cuán grande es ese amor que motivó el sacrificio hecho en la cruz del Calvario para la redención del mundo perdido…
¡El misterio de la piedad: Dios manifestado en la carne! Este misterio se ahonda a medida que procuramos comprenderlo. Es incomprensible, y sin embargo los seres humanos permiten que cosas mundanas interfieran con las débiles vislumbres que los mortales pueden tener de Jesús y de su amor incomparable… ¿Cómo podemos sentir entusiasmo por las cosas terrenas comunes, y no quedar conmovidos por el cuadro de la cruz del Calvario, el amor que se manifestó en la muerte del amado Hijo de Dios, para que las almas que perecen no sigan subyugados por el pecado, la maldición de la ley?
Toda esta humillación y angustia las soportó para atraer a los errabundos, culpables y desagradecidos de vuelta a la casa del Padre.
¡El hogar de los salvados! ¡No podemos perderlo! Si me salvo en el reino de Dios, discerniré constantemente nuevas profundidades en el plan de salvación. Todos los santos redimidos verán y apreciarán como nunca antes el amor del Padre y del Hijo, y las lenguas inmortales entonarán cantos de alabanza. Él nos ama, y dio su vida por nosotros. Cantaremos a las riquezas del amor redentor con nuestros cuerpos glorificados, con nuestras facultades acrecentadas, con nuestros corazones puros y con nuestros labios incontaminados. En el cielo no habrá dolientes; no habrá escépticos que convencer de la realidad de las cosas eternas; no habrá prejuicios para desarraigar, sino que todo estará sometido a ese amor que sobrepuja todo entendimiento. Hay un reposo para el pueblo de Dios, gracias al Señor, donde Jesús conducirá a los redimidos a los verdes prados, junto a las aguas vivas que alegran la ciudad de Dios.—A Fin de Conocerle, 369.
Entonces será respondida la oración de Jesús a su Padre: “Aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo”. Juan 17:24—Carta 27, 1890.

DEVOCIONAL MARANATA: EL SEÑOR VIENE
Elena G. de White
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