6 de enero | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Llegamos a ser sus hijos

«Vino al mismo mundo que él había creado, pero el mundo no lo reconoció. Vino a los de su propio pueblo, y hasta ellos lo rechazaron; pero a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios». Juan 1:10-12, NTV

LA FILIACIÓN DIVINA no es algo que podamos alcanzar por nosotros mismos.
Unicamente a los que reciben a Cristo como su Salvador se les concede la facultad de llegar a ser hijos e hijas de Dios. El pecador no puede liberarse del pecado por ningún poder inherente en sí mismo. Para lograrlo, debe buscar un poder superior. Juan exclamó: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (Juan 1: 29).
Solamente el Señor Jesús tiene poder de limpiar el corazón. El que busque perdón y aceptación no puede decir otra cosa que: «Nada traigo en mi mano; solo me aferró a la cruz». Pero la promesa de la adopción se ofrece a todos aquellos que «creen en su nombre» (Juan 1:12). Todo el que venga a Jesús con fe, recibirá perdón.— Review and Herald, 3 de septiembre de 1903.
La religión de Cristo transforma el corazón. Convierte a una persona mundana en espiritual. Bajo su influencia el egoísta se convierte en abnegado, porque ese es el carácter de Cristo. El malvado y corrupto se convierte en recto, y llega a poseer una segunda naturaleza para hacer a los demás lo que le agradaría que le hicieran a él. El profano pasa de la impureza a la pureza. Adopta hábitos correctos, porque el evangelio de Cristo ha llegado a ser para él «olor de vida para vida» (2 Cor. 2: 16).— The Southern Watchman, 7 de febrero de 1905.
Cuando alguien recibe a Cristo, recibe poder para vivir la vida de Cristo.— Palabras de vida del gran Maestro, cap. 24, p. 255.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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