6 de agosto | Maranata: El Señor viene | Elena G. de White

La cima de la perfección cristiana

Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros. Efesios 3:20.

Si hacéis que Dios sea vuestra fuerza, aun en las circunstancias más desalentadoras, podréis alcanzar una altitud y una amplitud de perfección cristiana que apenas podríais imaginar que fuese posible alcanzar. Vuestros pensamientos se elevarán, vuestras aspiraciones serán nobles, la percepción de la verdad será clara y los propósitos de acción os levantarán por encima de los motivos sórdidos.
Tanto el pensamiento como la acción serán necesarios para que alcancéis la perfección de carácter. Mientras estéis en contacto con el mundo debéis guardaros de no buscar con demasiada vehemencia el aplauso de los hombres y vivir según su opinión. Si queréis andar sobre lo seguro, sed prudentes, cultivad la gracia de la humildad y aferrad vuestras almas a Cristo. En todos los sentidos podéis ser hombres de Dios. En medio de la confusión y la tentación de la multitud mundana, con perfecta dulzura, podéis conservar la independencia del alma.
Si estáis en comunión diaria con Dios aprenderéis a valorar a los hombres como él los valora y la obligación que tenéis de bendecir a la humanidad sufriente tendrá una pronta respuesta. No os pertenecéis; el Señor tiene sagrados derechos sobre vuestros afectos más supremos y los más altos servicios de vuestra vida. Tiene el derecho de usaros, en cuerpo y mente, hasta el grado sumo de vuestras capacidades para su honra y gloria. Cualquiera que sea la cruz que debáis cargar, cualquiera que sean los sufrimientos y trabajos que su mano os imponga, tenéis la obligación de aceptarlos sin murmurar.
Aquellos por quienes trabajáis son vuestros hermanos que se encuentran en la desesperanza, que sufren trastornos físicos y la lepra espiritual del pecado… Son culpables, corruptos y degradados; son esclavos de los engaños de Satanás. Aun así, Cristo bajó del cielo para redimirlos. Son merecedores de la más tierna piedad, compasión y esfuerzo infatigable porque están al límite mismo de la ruina. Sufren a causa de sus deseos no satisfechos, sus pasiones desordenadas y la condena de sus propias conciencias; son miserables en todos los sentidos de la palabra porque pierden su afecto por esta vida y no tienen perspectivas para la vida futura.
Vuestro campo de trabajo es importante, debéis estar activos y vigilantes, prestando pronta e incondicional obediencia a los llamamientos del Maestro.—Testimonies for the Church 4:560, 561.

DEVOCIONAL MARANATA: EL SEÑOR VIENE
Elena G. de White

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