5 de enero | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Murió para darnos vida

«En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fu era ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados». 1 Juan 4:10, NVI

EN EL PLAN DE REDENCIÓN, Dios reveló su amor por medio de un sacrificio, un sacrificio tan amplio, tan profundo y tan sublime, que es inconmensurable. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Juan 3: 16).
Cuando el pecado de Adán hundió a la humanidad en la miseria y la desesperación, Dios podría haberse separado de los caídos. El Creador podría haberlos tratado como merece que se trate a los pecadores. Podría haber enviado a sus ángeles para que derramaran sobre nuestro mundo las copas de su ira. Podría haber hecho desaparecer esta oscura mancha del universo. Pero no lo hizo. En lugar de echarlos de su presencia, el Eterno se acercó más a la raza caída. Dio a su Hijo para que llegara a ser hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne. «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, […] lleno de gracia y de verdad» (Juan 1: 14, BA). Cristo, mediante su relación con los seres humanos, colocó a la humanidad aún más cerca de Dios. Revistió su naturaleza divina con el manto de la humanidad, y demostró ante el universo y los mundos no caídos, cuanto ama Dios a los seres humanos.
El don de Dios en favor de la raza humana excede a todo cálculo. Nada se escatimó.
El Señor no podía permitir que se dijera que podía haber hecho algo más, que podía revelar a la humanidad un amor mayor. En el don de Cristo, dio todo el cielo.
El Altísimo, que estaba junto al Padre antes de que el mundo existiera, se sometió a la humillación para poder elevar a la humanidad. La profecía descorre el velo, para que podamos contemplar el trono celestial, para que podamos mirar en ese trono alto y elevado a Uno que está allí en forma humana, y que vino a este mundo a sufrir, a ser lacerado por los azotes y quebrantado por nuestras iniquidades.— Manuscrito 21, 1900.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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