4 de septiembre | Ser Semejante a Jesús | Elena G. de White | Para testificar con éxito, el yo debe ser crucificado

Hubo un hombre enviado de Dios… se llamaba Juan. Este vino… para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen… Juan 1:6, 7.

La palabra de Dios para nosotros es: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. Mateo 5:48. Pide que cada uno crucifique el yo. Los que responden, crecen fuertes en él. Aprenden cada día de Cristo, y cuanto más aprenden, más grande es su deseo de edificar el reino de Dios ayudando a sus semejantes. Cuanta más luz tienen, mayor es su deseo de iluminar a otros. Cuanto más caminan con Dios, menos viven para sí mismos. Cuanto más grandes son sus privilegios, oportunidades y habilidades para la obra cristiana, mayor es la obligación que sienten para trabajar por otros.
La naturaleza humana pugna siempre por expresarse. Una persona que fue hecha completa en Cristo, debe primero vaciarse del orgullo, de la autosuficiencia.
Entonces hay silencio en el alma y se puede escuchar la voz de Dios. Entonces el Espíritu puede encontrar una entrada libre. Permita que Dios trabaje en usted y por medio de usted. Entonces podrá decir como dijo Pablo: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Gálatas 2:20. Pero hasta que se coloque el yo sobre el altar, hasta que permitamos que el Espíritu Santo nos moldeé y nos forme de acuerdo con la similitud divina, no podemos alcanzar el ideal de Dios para nosotros. Dijo Cristo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.
Juan 10:10. Esta vida es la que debemos tener para trabajar por Cristo, y debemos tenerla “en abundancia”. Dios soplará esta vida en cada alma que muere al yo, pero se requiere abnegación completa. A menos que suceda esto, llevaremos con nosotros lo que destruye nuestra felicidad y utilidad.
El Señor necesita hombres y mujeres que lleven con ellos en su vida diaria la luz de un buen ejemplo; hombres y mujeres cuyas palabras y acciones muestren que Cristo está morando en el corazón, enseñando, dirigiendo, guiando. Necesita hombres y mujeres de oración, quienes, al luchar solos con Dios, obtengan la victoria sobre el yo, y que salgan después para impartir a otros lo que recibieron de la Fuente de poder.
Dios acepta a los que crucifican al yo, y los hace vasos de honra. Están en sus manos como el barro en las manos del alfarero, y lleva a cabo su voluntad por medio de ellos. Tales hombres y mujeres recibirán poder espiritual. Cristo vive en ellos, y el poder del Espíritu acompaña sus esfuerzos. Se dan cuenta de que deben vivir en este mundo la vida que vivió Jesús: una vida libre de todo egoísmo; y él los capacita para que den testimonio de él, testimonio que atrae a las almas hacia la cruz del Calvario.—The Signs of the Times, 9 de abril de 1902.

DEVOCIONAL: SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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