30 de noviembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Contemplaremos su gloria

«Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo esté para que ellos vean la gloria que tú me diste, pues tú me amaste antes de la creación del mundo». Juan 17: 24, PDT

SON MUCHOS LOS QUE, ESPACIÁNDOSE en las más diversas teorías, han perdido de vista el poder vivo del ejemplo del Salvador. Han perdido de vista a Cristo como el que obra humilde y abnegadamente. Necesitan contemplar a Jesús. Día tras día necesitamos una nueva revelación de su presencia. «A todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio derecho de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1: 12, RVA15).— El ministerio de curación, cap. 38, p. 328.
En la medida que vayamos captando la perfección del carácter de nuestro Salvador, desearemos ser transformados y renovados completamente a la semejanza de su pureza. Cuanto más conozcamos de Dios, más alto será el ideal de nuestro carácter, y más ardiente nuestro anhelo de reflejar su imagen. El poder divino se combina con el humano cuando el corazón se eleva en busca de Dios.
A medida que nos familiarizamos con la vida del Redentor, descubrimos en nosotros mismos graves defectos, […] comprendemos el espíritu de nuestro amado Maestro. Mirando a Jesús, «el autor y consumador de nuestra fe» (Heb. 12: 2), nos transformamos a su misma imagen.
No imitamos la vida de Jesús mirándolo de lejos, sino al hablar de él, al vivir en su perfección, al tratar de refinar el gusto y ennoblecer el carácter, al procurar acercamos al Modelo perfecto por medio de la fe y el amor, en un esfuerzo decidido y perseverante.
A medida que vayamos conociendo a Cristo, su Palabra, sus obras y sus enseñanzas, nos apropiaremos de las virtudes manifestadas en su divino carácter que habremos estudiado profundamente, y nos imbuiremos del espíritu que tanto hemos admirado. Jesús llegará a ser para nosotros el que «entre la multitud sobresale», «él es deseable en todo sentido» (Cant. 5: 10, RVC, 16, NTV).— Reviere and Herald, 15 de marzo de 1887.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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