30 de mayo | Mi vida Hoy | Elena G. de White | El perdón es saludable.

Bendice alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias. (Salmo 103:2-3)

El Salvador asistía tanto al alma como al cuerpo. El evangelio que él enseñó fue un mensaje de vida espiritual y de restauración física. La salvación del pecado y la curación de la enfermedad iban siempre enlazadas. Este mismo ministerio está encomendado al médico cristiano. Debe unirse con Cristo, en la tarea de aliviar las necesidades físicas y espirituales de sus compañeros. Debe ser mensajero de misericordia para el enfermo, llevándole el remedio para su cuerpo desgastado y para su alma enferma de pecado. (MC:101)
Cuando llevaron al pobre paralítico a la casa donde Jesús estaba enseñando, una compacta multitud estaba a la puerta impidiendo el acceso al lugar donde estaba el Salvador. Pero la fe y la esperanza se habían encendido en el corazón del pobre enfermo, quien propuso a sus amigos que lo llevaron al fondo de la casa, rompieran el techo, y lo bajaran a la presencia de Cristo. Se llevó a cabo su propuesta; cuando el hombre yacía a los pies del poderoso Médico, ya se habían agotado los medios humanos para curarlo. Jesús sabía que el enfermo había vivido torturado por el peso de sus pecados, y que primero necesitaba que se le aliviara ese peso. Con una mirada de la más tierna compasión, el Salvador se le dirigió, no como a un extraño, ni como a un amigo, sino como a uno que ya ha sido recibido en la familia de Dios: “Confía, hijo; tus pecados te son perdonados.” (RH, 16-10-1883)
Muchos están sufriendo a causa de las enfermedades del alma más que por las del cuerpo, y no hallarán alivio hasta que acudan a Cristo, la fuente de la vida. Cesarán entonces las quejas y expresiones de agotamiento, soledad y descontento. Goces plenos conferirán vigor a la mente y salud y energía vital al cuerpo. (4T:579)
Hoy Cristo siente las aflicciones de cada ser sufriente…El sabe pronunciar las palabras: “Ve en paz”, y ordenar al afligido: “Vete, y no peques más”. (YI, 29-12-1898)

DEVOCIONAL MI VIDA HOY
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