30 de abril | Una religión radiante | Elena G. de White | Nuestra recompensa celestial

«Dichosos ustedes, cuando la gente los insulte y los maltrate, y cuando por causa mía los ataquen con toda clase de mentiras. Alégrense, estén contentos, porque van a recibir un gran premio en el cielo; pues así también persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes». Mateo 5: 11-12, DHH

lNMENSA ES LA RECOMPENSA en los cielos para quienes testifican por Cristo en medio de la persecución y el vituperio. Mientras que el mundo busca bienes temporales, Jesús nos ofrece un premio indestructible. Y no lo sitúa todo en la vida venidera, sino que empieza aquí mismo. El señor se manifestó a Abraham, y le dijo: «Yo soy tu escudo, y muy grande será tu recompensa» (Gén. 15: 1, NVI). Este es el premio de todos los que siguen a Cristo. Verse en armonía con Emanuel, «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» y en quien «toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal»; conocerlo, poseerlo, mientras el corazón se abre más y más para recibir sus atributos, saber lo que es su amor y su poder, poseer las riquezas inescrutables de Cristo, comprender mejor «cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo» «que sobrepasa nuestro conocimiento, para que» seamos «llenos de la plenitud de Dios». «“Esta es la herencia de los siervos del Señor, la justicia que de mí procede”, afirma el Señor» (Col. 2: 3, 9; Efe. 3: 18-19; Isa. 54: 17, NVI).
La alegría llenaba los corazones de Pablo y Silas cuando oraban y entonaban alabanzas a Dios a medianoche en la mazmorra de Filipos. Cristo estaba allí con ellos, y la luz de su presencia disipaba la oscuridad con la gloria de los atrios celestiales. Desde Roma, Pablo escribió sin pensar en sus cadenas al ver cómo se difundía el evangelio: «Por eso me alegro; es más, seguiré alegrándome». Las mismas palabras de Cristo en el monte, resuenan en el mensaje de Pablo a la iglesia en sus tribulaciones: «Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!» (Fil. 1: 18; 4: 4, NVI).— El discurso maestro de Jesucristo, cap. 2, pp. 59-60.

UNA RELIGIÓN RADIANTE
Reflexiones diarias para una vida cristana feliz
Elena G. de White

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*