3 de noviembre | Mi vida Hoy | Elena G. de White | La cota de justicia.


Vestidos de la cota de justicia entrará la iglesia en la lucha final. “Hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden,” irá por todo el mundo, victoriosa “para que también venciese.” (Efe. 6:14)

Cubierta con la cota de justicia entrará la iglesia en la lucha final. “Hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden”, irá por todo el mundo, victoriosa “para que también venciese”. (PR:725)
Solamente la vestidura que Cristo mismo nos proporciona puede ponernos en condiciones de presentarnos ante Dios. Cristo colocará esta vestidura, que es el manto de su propia justicia, sobre cada alma creyente y arrepentida. “Yo te amonesto—dice Jesús—que de mi compres…vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez”…
“Todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia”. Todo lo que podamos hacer está mancillado por el pecado. Pero el Hijo de Dios “apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él.” Se define el pecado con las siguientes palabras: “transgresión de la ley.” Pero Cristo obedeció todos los preceptos de la ley. Estando en la tierra, dijo a sus discípulos: “Yo he guardado los mandamientos de mi Padre.” Gracias a su perfecta obediencia consiguió que todos los seres humanos puedan obedecer los mandamientos divinos. Cuando nos sometemos a Cristo…vivimos su vida. Esto es lo que significa estar cubiertos con el manto de su justicia. Luego, al contemplarnos, el Señor no ve la vestidura de hojas de higueras, ni la desnudez y deformidad del pecado, sino su propio manto de justicia, que es obediencia perfecta a la ley de Jehová. (ST, 22-11-1905)
A todos Dios ha ofrecido la ayuda que vigorizará todos los nervios y músculos espirituales para el día en que llegue el tiempo de prueba que nos sobrecogerá a todos. Se me ha encomendado el siguiente mensaje: Cubríos con toda la armadura de la justicia de Cristo…Y, habiendo hecho todo cuanto esté de vuestra parte, tendréis la victoria asegurada. A cada alma se le ofrece la misericordiosa oportunidad de afirmarse sobre la Roca de los Siglos. (Carta 32, 1906)

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