29 de abril | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Abramos los ojos

«Jesús le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego respondió: “Maestro, quiero ver de nuevo”». Marcos 10: 51, PDT

UNICAMENTE CUANDO el pecador siente la necesidad de un Salvador, su corazón acude al que puede ayudarlo. Cuando Jesús caminaba entre los hombres, eran los enfermos los que necesitaban de él. Los pobres, los afligidos y los angustiados lo seguían, para recibir la ayuda y el consuelo que no podían encontrar en otra parte. El ciego Bartimeo esperaba junto al camino. Había esperado mucho tiempo para encontrar a Jesús.
Muchas personas que poseen la vista pasan de un lado a otro sin el deseo de ver a Jesús. Una mirada de fe sería como un toque de amor en su corazón, y les daría la bendición de su gracia; pero nos son conscientes de lo enferma que está su alma y de la miseria en que ella se halla, y no sienten necesidad de Cristo. No ocurre así con el pobre ciego. Su única esperanza está en Jesús. Mientras espera, escucha la algarabía de la multitud, y pregunta ansiosamente: «¿Qué significa este alboroto?». El viajero le contesta que es Jesús de Nazaret. Con la ansiedad del deseo intenso, exclama: «¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!» (Mar. 10: 47).
Tratan de hacerlo callar, pero clama con mayor vehemencia: «¡Hijo de David, ten misericordia de mí!» (vers. 48). Su clamor es atendido. Su fe perseverante recibe recompensa. No solo le es restaurada su vista física, sino que se abre el ojo de su entendimiento. En Cristo ve a su Redentor, y el Sol de Justicia resplandece en su alma. Todos los que sientan su necesidad de Cristo, como el ciego Bartimeo, y quieran manifestar el fervor y la determinación suyas, recibirán como él la bendición que anhelan.— Review and Herald, 15 de marzo de 1887.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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