28 de julio – Ser Semejante a Jesús – Elena G. de White

Debemos dar esperanza a los caídos

Y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Efesios 4:23, 24.

Cristo reprendía fielmente. Nunca vivió otro que odiara tanto el mal, ni cuyas acusaciones fuesen tan terribles. Su misma presencia era un reproche para todo lo falso y bajo. A la luz de su pureza, las personas veían que eran impuras, y que el propósito de su vida era despreciable y falso. Sin embargo, él los atraía. El que los había creado apreciaba el valor de la humanidad. Delataba el mal como enemigo de aquellos a quienes trataba de bendecir y salvar. En todo ser humano, cualquiera fuera el nivel al cual hubiese caído, veía a un hijo de Dios que podía recobrar el privilegio de su relación divina.

“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. Juan 3:17. Al contemplar a la gente sumida en el sufrimiento y la degradación, Cristo percibió que, donde sólo se veía desesperación y ruina, había motivos de esperanza. Dondequiera que existiera una sensación de necesidad, él veía una oportunidad de elevación. Respondía a las almas tentadas, derrotadas, que se sentían perdidas, a punto de perecer, no con acusación, sino con bendición.

Las bienaventuranzas constituyeron un saludo para toda la familia humana. Al contemplar la vasta multitud reunida para escuchar el Sermón del Monte, pareció olvidar por el momento que no se hallaba en el cielo, y usó el saludo familiar del mundo de la luz. De sus labios brotaron bendiciones como de un manantial por largo tiempo obstruido.

Apartándose de los ambiciosos y engreídos favoritos de este mundo, declaró que serían bendecidos quienes, aunque fuera grande su necesidad, recibiesen su luz y su amor. Tendió sus brazos a los pobres en espíritu, a los afligidos, a los perseguidos, diciendo: “Vengan a mí… y yo les daré descanso”. Mateo 11:28 (NVI).

En cada ser humano percibía posibilidades infinitas. Veía a los hombres y a las mujeres según podrían ser, transformados por su gracia, en “la luz de Jehová nuestro Dios”. Salmos 90:17. Al mirarlos con esperanza, inspiraba esperanza. Al saludarlos con confianza, inspiraba confianza… En más de un corazón que parecía muerto a todas las cosas santas, se despertaron nuevos impulsos. A más de un desesperado se le presentó la posibilidad de una nueva vida.—La Educación, 79, 80.

DEVOCIONAL: SER SEMEJANTE A JESÚS

Elena G. de White

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