28 de agosto | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Seguimos a Cristo

«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen». Juan 10: 27

¡QUÉ MARAVILLOSO ES SABER que tenemos un Amigo fiel, que nos impartirá un carácter noble y elevado, que nos preparará para la comunión con los ángeles en las cortes celestiales! Su protección se extiende a todos sus hijos, que gozan de una paz que el mundo no puede dar ni quitar. La pérdida de los tesoros terrenales no los desespera ni los deja desamparados. […]
El Señor Jesús contempla este mundo, dedicado con todo su afán tras la consecución de bienes materiales. Ve a tantos y tantos que prueban ansiosamente primero una cosa y después otra, en su esfuerzo por obtener las riquezas de este mundo, que piensan que satisfará sus anhelos egoístas, mientras que en su permanente prosecución pasan por alto la única senda que conduce a la verdadera riqueza.
Con la autoridad que tiene, Cristo se dirige a esas personas invitándolas a seguirlo. Les ofrece conducirlas a las riquezas tan perdurables como la eternidad, señalándoles la senda angosta de la abnegación y el sacrificio. Los que avancen por esta senda, venciendo todo obstáculo, llegarán a la tierra nueva. Al levantar la cruz, descubrirán que esta los eleva y que al final obtendrán los tesoros imperecederos.
Muchos esperan encontrar seguridad en las riquezas terrenales. Cristo, sin embargo, intenta quitarles la venda de los ojos que les impide la visión, haciéndoles ver así «una riqueza inmensa e incalculable de gloria» (2 Cor. 4: 17, LPH). Quienes así piensan en realidad confunden espejismos con la realidad, pues pierden de vista las glorias del mundo eterno. Cristo nos llama ver más allá de lo presente, para que podamos tener una visión de la eternidad.— Carta 264, 1903.
Hemos de exaltar la cruz y seguir en las pisadas de Cristo. Los que exalten la cruz, descubrirán que al hacerlo, esta los enaltece, dándoles fortaleza y valor y señalándoles al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.— Review and Herald, 13 de julio de 1905.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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