27 de noviembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Asemejémonos a Cristo

«Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros.
Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad».
Juan 1:14, NBD

La FORTALEZA DE LAS NACIONES o la de los individuos no radica en su ingenio o habilidades, ni en sus grandes logros materiales o científicos, que los hacen sentirse invencibles. Tampoco se encuentra en su jactanciosa grandeza. Lo único que puede hacer realmente grandes o fuertes a los seres humanos es el poder divino. Cada uno, por su actitud hacia el propósito de Dios, deciden su propio destino.
La historia registrados logros de seres humanos, desde el punto de vista de ellos mismos: sus victorias en las batallas o el éxito que obtuvieron en sus planes de alcanzar grandeza terrenal. La historia de Dios, en cambio, describe a los seres humanos tal como los ve el cielo. En los registros divinos se ve que lo único digno de pasar a la historia universal es la obediencia de cada uno a los requerimientos celestiales. […]
A la luz de la eternidad se verá que el Señor trata con la humanidad de acuerdo con la importante cuestión de la obediencia o la desobediencia. […] Los siglos tienen su misión. Cada momento tiene su obra. Cada uno camina hacia la eternidad con su propia carga. […] El Señor aún tiene que ver con los reinos de la tierra. Él está en las grandes ciudades. Con su vista omnipresente escudriña las acciones de todos los habitantes de la tierra. No hemos de decir: «Dios estaba», sino: «Dios está».
El Creador sigue observando atentamente a cada pajarillo que cae, cada hoja que se desprende de la rama, como la caída de reyes y magnates. Todos, y todo, se hallan bajo la dirección del Infinito en este cambiante mundo. Las ciudades y las naciones son calibradas por la plomada que está en la mano de Dios. Él jamás yerra en sus mediciones; él discierne los tiempos correctamente. Todo en este mundo está trastornado, pero la verdad permanece para siempre.
Los que sirven al Señor pueden parecer débiles a los ojos del mundo; puede parecer que naufragan en el proceloso mar, pero finalmente se los ve levantándose más cerca del cielo. «Yo les doy vida eterna», dice nuestro Señor, «y nadie podrá arrebatarlos de mi mano» (Juan 10: 28).— The Youth’s Instructor, 29 de septiembre de 1903, adaptado.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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