27 de noviembre | Exaltad a Jesús | Elena G. de White | Nuestro fiel y misericordioso sumo sacerdote

Y no por sangre de manchos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Hebreos 9:12.

Como el portador de los pecados, sacerdote y representante del hombre ante Dios, Cristo entró en la vida de la humanidad llevando nuestra carne y sangre. La vida se encuentra en la corriente vital de la sangre que fue dada por la vida del mundo. Cristo realizó una expiación completa, entregando su vida en rescate por nosotros. El nació sin la menor mancha de pecado, pero vino a este mundo en la misma manera en que lo hace la familia humana. No poseyó la mera semblanza de un cuerpo, sino que tomó la naturaleza humana y participó de la vida de la humanidad…
Con el fin de llegar a ser el sustituto y la garantía de la humanidad, Jesucristo depuso su manto real, su corona de Rey, y revistió su divinidad con la humanidad, para que al morir como hombre pudiera destruir con su muerte al que tenía el imperio de la muerte. Como Dios, no lo habría podido hacer; pero al venir como hombre, Cristo pudo morir. Con su muerte venció a la muerte. La muerte de Cristo hizo perecer al que tenía el poder de la muerte, y abrió las puertas de la tumba a todos los que lo reciben como su Salvador personal.
Sobre el sepulcro abierto de José Cristo proclamó: “Yo soy la resurrección y la vida”. El, el Redentor del mundo, aplastó la cabeza de la serpiente, privándola para siempre del poder de hacer que los hombres sientan su picadura de escorpión; porque él trajo a la luz la vida y la inmortalidad. Los portales de la vida eterna están abiertos para todos los que crean en Jesucristo… Al morir, Jesús ha hecho imposible que mueran eternamente los que creen en él…
Cristo vivió y murió como hombre, para que llegara a ser el Dios tanto de los vivos como de los muertos. Lo hizo para que, al creer en él, a los seres humanos se les hiciera imposible perder la vida eterna. La vida de los hombres y las mujeres es preciosa a la vista de Dios, porque Cristo compró esa vida al ser sacrificado en lugar de ellos. De ese modo hizo posible que nosotros tuviéramos acceso a la inmortalidad.
La divinidad y la humanidad se reunieron en Cristo: el Creador y la criatura. La naturaleza de Dios, cuya ley había sido transgredida, y la de Adán, el transgresor, se conjugaron en Jesús: el Hijo de Dios e Hijo del Hombre. Después de pagar el precio de la redención con su propia sangre, después de pasar por la experiencia humana, habiéndose enfrentado con la tentación y habiéndola vencido en beneficio del hombre, y después de haber sufrido la vergüenza y la culpabilidad y la carga del pecado—a pesar de que él nunca cometió pecado alguno—, llegó a ser el Abogado y el Intercesor de los seres humanos. ¡Qué seguridad es ésta para el alma tentada y esforzada! ¡Qué seguridad para el universo que observa, saber que Cristo será un Sumo Sacerdote fiel y misericordioso!—The S.D.A. Bible Commentary 7:925-926.

DEVOCIONAL ADVENTISTA
EXALTAD A JESÚS
Elena G. de White

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