27 de enero | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | El Espíritu vivifica

«El Espíritu da vida; la carne no vale para nada. Las palabras que les he hablado son espíritu y son vida». Juan 6: 63, NVI

ÚNICAMENTE EL ESPÍRITU DE DIOS puede revitalizar las facultades de percepción.— Carta 49, 1896.
A nadie más que a quienes confíen humildemente en Dios, que esperen su dirección y gracia, se les derramará el Espíritu Santo. Esta bendición prometida, solicitada con fe, trae consigo todas las demás bendiciones. La concede Cristo según «las abundantes riquezas de su gracia» (Efe. 2: 7), y está lista para abastecer toda alma según su capacidad de recepción.
El derramamiento del Espíritu es el derramamiento de la vida de Cristo. Únicamente aquellos que son así enseñados por Dios, únicamente aquellos en cuyo interior obra el Espíritu, y en cuya vida se manifiesta la vida de Cristo, pueden ocupar la posición de verdaderos representantes del Salvador.
Dios toma a los hombres y mujeres tal y como son, y los educa para su servicio, si están dispuestos entregarse a él. El Espíritu de Dios, recibido en el alma, vivifica todas sus facultades. Bajo la dirección del Espíritu Santo, la mente, consagrada sin reservas a Dios, se desarrolla armoniosamente, y queda fortalecida para comprender y cumplir lo que Dios requiere. El carácter débil y vacilante se vuelve fuerte y firme.
La devoción continua establece una relación tan íntima entre Jesús y sus discípulos, que el cristiano se va volviendo más semejante a su Maestro en carácter; consigue una visión más clara y amplia, un discernimiento más penetrante y un criterio más equilibrado. Queda tan reavivado por el poder vivificador del Sol de Justicia, que es habilitado para llevar mucho fruto para gloria de Dios.— Obreros evangélicos, sec. 7, pp , 302-303.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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