27 de agosto | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | La tomamos con abnegación

«Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». Gálatas 2: 20

CRISTO FUE CRUCIFICADO en favor de los seres humanos caídos. Pero para muchos que se llaman cristianos, este acontecimiento no significa nada. Niegan en la práctica la cruz de Cristo. Admiten que Cristo murió en la cruz, pero debido a que hay una crucifixión para ellos en su experiencia, no quieren recibir las enseñanzas que los inducirían a la abnegación y al sacrificio propio. Hay cristianos solo de nombre. El punto central de su fe no es un Salvador crucificado y resucitado, que concede a todos los que lo reciben el privilegio de convertirse en hijos e hijas de Dios.— The Youth’s Instructor, 7 de julio de 1898.
Abandonemos, hermanos, los placeres del pecado a cambio del cielo y la vida eterna. ¿Qué son los pocos días de complacencia egoísta que no contienen ni una sola gota genuina de felicidad, en comparación con la eternidad de bendición que espera a los creyentes fieles? No apartemos el amor de Cristo de nuestro corazón. Miremos a la cruz del Calvario si deseamos una prueba tangible de su amor.
El cielo contempla con interés lo que hacemos. Los ángeles se asombran cuando observan que nos apartamos indiferentes de las bendiciones que se nos confieren. Si rehusamos responder a la atracción del amor de Dios, finalmente nos volveremos rebeldes y desafiantes.— The Youth’s Instructor, 2 de marzo de 1893.
Los que se niegan a sí mismos para hacer el bien, y se dedican con todo lo que tienen al servicio de Cristo, gustarán la felicidad que el ser humano egoísta busca en vano.— Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 437.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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