26 de agosto | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Carguemos la cruz cada día

«Dirigiéndose a todos, declaró: “Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?”». Juan 9: 23-25, NVI

ÚNICAMENTE POR EL PODER de la cruz se puede separar al ser humano de la poderosa confederación del pecado. Cristo se dio a sí mismo para la salvación del pecador. Aquellos cuyos pecados son perdonados, que aman a Jesús, se unirán a él, llevarán el yugo de Cristo. Este yugo no los maniatará; no convertirá su vida religiosa en algo carente de satisfacciones. No. El yugo de Cristo es precisamente el medio por el cual la vida cristiana llegará a ser una experiencia de dicha y gozo. El cristiano ha de deleitarse en la contemplación de lo que ha hecho el Señor al dar a su Hijo unigénito con el fin de que muriera en favor del mundo, «para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3: 16).
Los que se sitúan bajo el rojo estandarte teñido con la sangre del príncipe Ema- nuel, debieran ser fieles soldados en el ejército de Cristo. Nunca debieran ser desleales. Muchos jóvenes se pondrán voluntariamente del lado de Jesús, el Príncipe de la vida. Pero si han de continuar a su lado, deben mirar constantemente a Jesús, su Capitán, a fin de recibir órdenes. No pueden ser soldados de Cristo y no obstante alistarse en la confederación de Satanás, y ayudarle, porque entonces serían enemigos de Dios. Traicionarían su cometido sagrado.— The Youth’s Instructor, 3 de marzo de 1893.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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