25 de noviembre | Exaltad a Jesús | Elena G. de White | La corona de la vida

Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. 2 Timoteo 4:8.

Pablo siempre mantuvo presente la corona de la vida que habría de recibir, y no sólo él, sino también todos los que aman la venida de Cristo. Pero lo que para él hacía tan deseable la corona de la vida era la victoria que podía recibir por medio de Jesucristo. Jesús no desea que ambicionemos la recompensa, sino que tengamos la ambición de realizar la voluntad de Dios porque es su voluntad, sin tomar en cuenta la recompensa que hayamos de recibir.

La dádiva de Dios es vida eterna. El Señor quiere que todos los que recibimos su gracia confiemos enteramente en él. Nos pide que ejercitemos una fe pura y sencilla, dependiente de él, sin la menor preocupación por la recompensa que hayamos de recibir. Debemos trabajar afanosamente en su servicio, demostrando perfecta confianza en que él juzgará con justicia.

En la descripción de la escena del juicio, cuando los justos reciben su recompensa, y se pasa sentencia sobre los malvados, se representa a los justos preguntándose qué han hecho para merecer tal recompensa. Pero abrigaron una constante fe en Cristo. En ellos moraba su Espíritu, y realizaron espontáneamente para Cristo, en la persona de sus santos, aquellos servicios que producen una recompensa segura. Pero nunca tuvieron el propósito de trabajar con el fin de recibir una compensación. Consideraron que su más alto honor consistía en trabajar como Cristo lo había hecho. Lo que hicieron fue llevado a cabo por amor a Cristo y a sus semejantes, y Aquel que se había identificado con la humanidad sufriente consideró estos actos de amor y compasión como si hubieran sido hechos para él…

Al Señor le debemos cada uno de nuestros dones y todos nuestros talentos. Cada victoria que se gana se obtiene mediante su gracia. Por lo tanto, nuestras jactancias están totalmente fuera de lugar…

Si recordáramos que estamos compareciendo en juicio ante el universo celestial, que Dios nos está probando para ver de que espíritu estamos animados, habría entre nosotros una meditación más seria y oración más ferviente. Los que trabajan con toda sinceridad se dan cuenta de que el hombre no puede realizar ningún bien por sí solo. Se llenan de gratitud y de acción de gracias por el privilegio de mantener comunión con Dios. Entretejido con su servicio se encuentra el principio que hace completamente fragantes todos sus regalos y ofrendas. Tienen la misma confianza y fe en Dios que el niño tiene en su padre terrenal.

No recibimos tanto la recompensa por nuestra actividad y el celo que hayamos manifestado al realizarla, sino por la ternura, la gracia y el amor que hayamos mezclado con nuestro trabajo en favor de los enfermos, los oprimidos y los afligidos.—The Signs of the Times, 9 de agosto de 1899.

DEVOCIONAL EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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