24 de enero | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Seguir fielmente sus indicaciones

«En cuanto a ustedes, la unción que de él recibieron permanece en ustedes, y no necesitan que nadie les enseñe. Esa unción es auténtica —no es falsa—y les enseña todas las cosas. Permanezcan en él, tal y como él les enseñó». 1 Juan 2: 27, NBD

ES EL MISMO ESPÍRITU el que educa e ilumina. La más poderosa predicación del evangelio, la lectura de las Escrituras, no será capaz de transformar el carácter y salvar a nadie a menos que el Espíritu obre en los instrumentos humanos y por medio de ellos. Los planes que se tracen no debieran ser de tal naturaleza que llamen la atención hacia el yo. La Palabra es un poder, una espada en las manos del agente humano, pero el Espíritu Santo con su poder vital es el agente eficaz que impresiona la mente (ver Efe. 6: 17). «Y todos serán enseñados por Dios» (Juan 6: 45). Es Dios quien hace que la luz ilumine el corazón. […] Lo esencial es que el Señor sea reconocido como la Fuente de toda fortaleza, como el Consolador. La razón por la cual Dios puede hacer tan poco en favor nuestro es porque nos olvidamos de que el poder viviente del Espíritu Santo debe combinarse con el instrumento humano.— Manuscrito 115a, 1897.
Con la gran verdad que hemos tenido el privilegio de recibir, debiéramos, merced al poder del Espíritu Santo, convertimos en canales de luz. Entonces podríamos acercarnos al propiciatorio, y al contemplar el arco de la promesa, arrodillarnos allí con corazón contrito, y buscar el reino de los cielos con un fervor espiritual que produciría su propia recompensa, a la que nos aferraríamos con todas nuestras fuerzas como hizo Jacob. Entonces nuestro mensaje sería poder de Dios para salvación; nuestras súplicas estarían llenas de fervor, llenas de una comprensión de nuestra gran necesidad; y no seríamos rechazados. La verdad sería expresada mediante la vida y el carácter, y los labios estarían tocados con el «carbón ardiente […] del altar» de Dios (Isa. 6: 6, PDT).— Revietu and Herald, 14 de febrero de 1899.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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